Raji Sourani: “Es muy feo ver cómo Arabia Saudí y Catar se erigen en defensores de los derechos humanos en Siria”.


ALMUERZO CON... RAJI SOURANI

“Tony Blair me invitó 10 veces. Nunca pude verle”

El activista Raji Sourani. / ÁLVARO GARCÍA (EL PAÍS)



“El jefe del equipo de Tony Blair [mediador en nombre de la ONU, la UE, Rusia y EE UU] reía al otro lado del teléfono cuando le comenté que el Ejército israelí pondría problemas. Me dijeron que ellos se encargarían de todo”, ironiza Raji Sourani, un jurista de Gaza que preside el Centro Palestino de Derechos Humanos. Diez veces le invitó el ex primer ministro británico a Jerusalén. Nunca se vieron. “Desde 1998 solo he podido cruzar por el paso de Erez [frontera con Israel] una vez, para reunirme dos horas con Benita Ferrero-Waldner [una de las exresponsables de la política exterior de la UE]”. Siempre que abandona la franja, y sucede a menudo, sella su pasaporte en la frontera egipcia de Rafah. Un pequeño contratiempo comparado con otras vicisitudes cotidianas en Gaza.
De sus 59 años, Sourani ha pasado seis en prisiones israelíes, parte de ese tiempo en detención administrativa, un régimen por el que Israel encarcela a personas durante meses o años sin cargos en su contra y que ha provocado una reciente huelga de hambre de miles de reclusos. “Algún prisionero ha pasado ocho años en esa situación”, precisa Sourani, expreso de conciencia de Amnistía Internacional y vicepresidente de la Federación Internacional de Derechos Humanos, que no ayuna aunque come frugalmente. “Si no a estas horas me entra sueño”, sonríe.
“Esto es kafkiano. Los palestinos estamos luchando por derechos absolutamente básicos, primitivos, y no por la autodeterminación o las aspiraciones políticas. Los israelíes son muy hábiles desviando el debate”, explica este abogado que se opuso a los Acuerdos de Oslo de 1993 porque las resoluciones de Naciones Unidas eran obviadas.
“Intentamos que prevalezca la ley internacional, pero Israel lo que hace es aplicar la ley de la jungla en los territorios ocupados”, dice Sourani, que participa de la tesis abrumadoramente dominante hoy en tierras palestinas: Israel no quiere la paz; la UE —“también se somete a la ley de la selva”, advierte el letrado— tampoco hace nada por ella, y Barack Obama ha causado profunda desilusión.
“Me impresionó un discurso que pronunció Obama en Berlín”, recuerda Sourani. “El único camino es derribar muros”, dijo en 2008 en la capital alemana, meses antes de ser elegido presidente de EE UU. “Es quien más me ha decepcionado, precisamente porque le creí”. Pero como a perro flaco todo son pulgas, también los acontecimientos en el mundo árabe han soslayado el eterno conflicto. La llamada primavera árabe lo opaca casi todo en la región. Sourani extrae sus conclusiones. La primera se refiere a la materia en la que es experto. “Es muy feo ver cómo Arabia Saudí y Catar se erigen en defensores de los derechos humanos en Siria”.
La segunda alude a una anomalía constatada estos meses en varios de los convulsos países árabes. En Túnez, Libia, Egipto o Yemen apenas se ha visto una imagen siempre omnipresente cuando de manifestaciones políticas se trata en el mundo árabe: no se han quemado banderas israelíes ni estadounidenses. “Ha sido una actitud muy inteligente porque el objetivo era luchar contra la corrupción, y la opresión de los regímenes. No se podía desviar el foco de atención. Y menos aún ofrecer a nadie en el mundo un pretexto”, concluye Sourani.

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