Y el círculo del “eliccionsalismo” se cerró en ¿Túnez?

 
 
Día 30 de octubre: Beji Caed Essebsi aparece triunfante ante los medios de comunicación tras haber obtenido su partido, Nidaa Tounis, la victoria en las legislativas tunecinas. Casi nonagenario ya, el camino se le presenta expedito para refrendar el dominio de la corriente “laica-liberal” en las presidenciales, previstas para el 23 de noviembre del mismo año. La imagen expresa mucho más que el triunfo de un partido político creado apenas dos años antes: es la viñeta que resume de forma descarnada la singladura de las llamadas revoluciones árabes, cuyo ciclo involucionista ha vuelto a refrendar, en Túnez, su vigorosa continuidad. Cuatro años después, el gran cambio ha consistido en una reorganización de las prioridades en el seno de las elites dirigentes en el mundo árabe. De la revolución, apenas quedan en algunos sitios las exposiciones de grafitis o las pintadas en callejones virtuales. O ni eso: en la Plaza del Cambio de Sanaá, la “segunda revolución”, encabezada esta vez por los huthíes, ha dejado lugar a la retirada definitiva de los restos de las concentraciones y campamentos improvisados erigidos con motivo de la primera. En la Plaza de Tahrir de El Cairo hace ya tiempo que tales vestigios fueron borrados. Sólo permanece, en un ángulo, la carcasa quemada del que fuera cuartel general del partido del ex presidente Husni Mubarak. No lo han demolido, dicen, para que quede constancia de aquellos días de enero y febrero de 2011. Más bien, tememos, será para reutilizarlo con otra denominación.
En realidad, no es que “hayan vuelto los del antiguo régimen”, como podrían decir algunos a la vista del sesgo que han tomado los acontecimientos en países clave como Egipto, Yemen o el propio Túnez, donde los movimientos populares depararon la caída del presidente de turno. Más bien habría que afirmar que no se han llegado a ir nunca; y es muy probable que tampoco lo hagan en aquellos lugares, como Siria, Iraq o Bahréin, donde las protestas han devenido en una guerra múltiple, caso de los dos primeros, o en un enroque del gobierno y la represión de la disidencia, caso del tercero. O en una sucesión de cambios constitucionales y reformas políticas de muy limitado alcance en el resto de estados árabes. En determinados lares, la permanencia de los puntales del viejo régimen no ha sido notoria. En Túnez se ha notado un poco más. Quien con gran seguridad vencerá en las elecciones presidenciales del 23 de noviembre, Beji Caed Essebsi, fue miembro del Comité Central del Partido de la Reagrupación Constitucional Democrática del ex dictador Ben Ali hasta 2003. Con anterioridad, en la etapa de Habib ben Burgiba, (1956-1987), había desempeñado cargos ministeriales varios, entre ellos el de Interior. A ese periodo en concreto se remontan las acusaciones de torturas por las que hubo de hacer frente a una querella en 2012. A pesar de que las biografías al uso sobre este abogado de profesión tienden a dejar en la inconcreción un largo periodo que va desde el año en que abandonó la presidencia del parlamento (por ejemplo, la página del propio Nidaa Tounis), en 1994, hasta su “resurrección” como líder político en 2011 con la asunción de la jefatura del gobierno, Essebsi siguió perteneciendo al partido de Ben Ali hasta poco antes de la disolución y prohibición del mismo. Sin embargo, una cuidada reinterpretación de sus supuestas discrepancias con Bourguiba y Ben Ali, así como una exaltación de sus no menos supuestas inquietudes democráticas, origen, supongamos otra vez, de sus diferencias con los aquellos dos, sirvieron para desintoxicar al personaje de su adicción al autoritarismo. De ese modo pudo encabezar el gobierno interino post-revolucionario en lugar de Mohammed Ghannouchi, cuyas evidentes conexiones con el entramado político e institucional de Ben Ali no le permitieron continuar en el cargo, pues no en vano había sido primer ministro durante más de diez años. Las de Essebsi, menos evidentes en plena efervescencia revolucionaria de 2011, también existían pero, por una serie de circunstancias entre las que la imperiosa necesidad de confrontar el islamismo ocupaba un lugar destacado, terminaron quedando sometidas al velo de la conveniencia. Lo relevante era su magnífica condición de hombre de estado. Y el ineludible deber de poner coto al leviatán de nuestra época, los islamistas en general y los Hermanos Musulmanes en particular, representados aquí por En Nahda, vencedores de las primeras elecciones legislativas, en 2011.
En cuanto a Nidaa Tounis, aunque la definición “oficial” tiende a describirlo como una asociación de sindicalistas, izquierdistas y círculos cercanos al disuelto partido de Ben Ali, la verdad es que estos últimos son los que priman y conforman el núcleo duro de la formación. Una recreación pues del antiguo régimen, que ha conseguido consagrar el lema de que “el verdadero problema son los islamistas” (o mejor dicho, “el único gran problema”) y que sólo un hombre de estado como Essebsi reúne los requisitos necesarios para impedir el colapso. Nidaa Tounis no deja de ser un conglomerado de fuerzas políticas y empresariales, vinculadas de forma más o menos estrecha con el régimen oligárquico tunecino emanado de la independencia en 1956. Apenas dos años han bastado para que los islamistas de En Nahda hayan quedado desprestigiados, por sus propios errores y, en algunos aspectos, sus escasas convicciones democráticas, pero también por una machacona campaña mediática y el obstruccionismo de las fuerzas vivas, imperantes en las fuerzas de seguridad y los principales estamentos económicos y empresariales. Ahora se impone el reacomodo de las elites locales y la vieja articulación pero con un escaparate renovado. Las rencillas internas en ebullición en el seno de Nidaa Tounis a propósito de quién será el candidato a las presidenciales –arguyen algunos que Essebsi está enfermo y no puede hacerse cargo- revelan hasta qué punto la oligarquía tunecina del ancient regime está convencida de su consolidación y se aboca al proceso de elección dentro de las elites. Y compite por una elección ventajosa dentro del sistema plutocrático. Kamal Latif, el conocido hombre de negocios, se alía con el antiguo gobernador del Banco Central, Mustapha Kamal Nabli, frente a la vieja guardia de Nidaa Tounis, una vez expulsados voces discordantes como Noureddine ben Ticha u Omar S´habou, acusados de apoyar a candidatos de fuera del partido. Una disputa pues interelitista que solventa los designios revolucionarios. ¿Dónde están los aspirantes jóvenes, las nuevas generaciones, los representantes de aquellas corrientes que tomaron parte en la revolución?
Sin ”hombre de estado” la revolución no puede triunfar
El marbete de Hombre de Estado se ha convertido en la sintonía de la política actual en el mundo árabe. Y, por curioso que pueda parecer, la garantía del éxito revolucionario. Llama la atención, como se puede apreciar en los rasgos, vetustos, de los líderes post revolucionarios actuales y los cabezas de lista de los grandes partidos, la ausencia de juventud y, no digamos ya, de personas que representen a las asociaciones de jóvenes, tan implicadas en las movilizaciones. En algunos contextos, como el egipcio, se debe en parte a la renuencia o falta de capacidad de los referentes de aquellos movimientos de asumir responsabilidades políticas. En otros, por la injerencia de fuerzas internas y externas que adoptaron un arreglo de conveniencia, como en Yemen con el nombramiento de quien era segundo hombre del presidente Saleh; o, debido a la lógica belicista derivada del conflicto, en Libia o Siria. La falta de renovación que también puede aplicarse a las formaciones islamistas, siempre encabezadas por los dirigentes acartonados y consabidos de antaño.
El general Abdel Fattah Essisi llegó a la presidencia egipcia tras las elecciones de 2014 con el mismo argumento, a saber, la necesidad de un hombre fuerte para controlar “esto”, con experiencia, dotes de mando e influencia. Essebsi, en Túnez, va en la misma dirección. En ambos países, el gran peligro venía representado por los islamistas, los cuales dejaron constancia de su impericia para gobernar en 2012 y 2013, tiempo suficiente para que la población “constatara” la imperiosa urgencia de encomendar la labor de dirigir el país a líderes competentes y eficaces. No importaba si estos dirigentes estaban verdaderamente comprometidos con el cambio y la democratización o si disponían de un discurso reformista. La premisa primera pasaba por asegurar la estabilidad. En Libia, la figura del coronel retirado Jalifa Haftar, partidario confeso de Essisi, iba por esa línea, al frente esta vez del movimiento anti-islamista Karamat Libia (Dignidad de Libia). Sin embargo, su proyecto particular de “hombre de estado” se ha visto obstruido por la inexistencia de algo parecido a “estado” en Libia, lo cual invalida fehacientemente cualquier proyecto de validar la primera parte de la ecuación. Ante la falta de instituciones, aparato burocrático y servicios de seguridad, el triunfo particular de Haftar depende del desempeño de sus tropas en el campo de batalla, donde las milicias contrarias siguen llevándose la parte del león, y, sobre todo, la asistencia militar extranjera. Con todo, Haftar, a quienes algunos incluso acusan de recibir apoyo directo de los partidarios del gobierno de Gadafi, se ha convertido en la gran apuesta de los occidentales y los demás hombres de estado árabes para reconducir la situación en Libia. Aquí, no obstante, la autonomía de las milicias rivales y la colisión de intereses qataríes-turcos con los de los saudíes-egipcios-imaratíes sigue dejando la cosa en el alero. Pero la consigna del gran hombre estatal, aun con el revés libio, está hallando acomodo como leit-motif estratégico y táctico por doquier. Hasta en Siria, donde hace dos años casi todo el mundo daba por amortizada la presidencia de Bashar el Asad, éste se ha convertido en una especie de hombre de estado de mal menor.
Pero para sorpresas la de Yemen. El éxito de los huthíes, una tribu chií del norte opuesta durante años al gobierno central, ha puesto de manifiesto el pintoresquismo de esta nueva tendencia política árabe. Los huthíes han considerado la conquista de Sanaá y su avance en numerosas provincias del país una especie de “segunda revolución” y una rectificación del proceso revolucionario primero. Pero la extraña inhibición del ejército a la hora de defender la capital y la ya manifiesta relación de cordialidad que, de forma no menos extraña, mantienen desde hace un tiempo con Abdulá Saleh y su familia –en especial su hijo, Ahmed, embajador en Emiratos Árabes Unidos- permiten dudar de tal aserto [1]. Saleh es otro de los que nunca se fueron, a pesar de su salida del poder, lo mismo que su núcleo duro, incólume durante el periodo pos-revolucionario. La figura de Saleh ha sido visible durante todo este tiempo, y nadie dudaba de sus intenciones de reincorporarse a la lucha del poder en cuanto tuviera una oportunidad. Nadie sospechaba, no obstante, que los huthíes terminaría siendo sus aliados ocasionales en tal empeño, dirigido en primera instancia a domeñar a los de al-Islah, considerados la rama yemení de los Hermanos Musulmanes, con el visto bueno de saudíes, iraníes y estadounidenses.
Ea, el régimen clásico árabe siempre ha permanecido ahí. El grave desliz cometido por las corrientes revolucionarias, laicas y de izquierdas que apoyaron los movimientos de cambio contra sistemas dictatoriales, oligárquicos y corruptos es que la obsesión anti islamista les ha impedido sospechar lo que de verdad estaba sucediendo en el periodo post revolucionario. Hoy, en Egipto, el número de detenidos por motivos políticos desde el golpe contra el islamista Mohammad Morsi en junio de 2013, mayormente sospechosos de entrar en la órbita de los Hermanos Musulmanes, pero también laicos, izquierdistas y, en general, “díscolos”, llega a los 41 mil, según fuentes alternativas –es difícil determinar el asunto porque las autoridades detienen muchas veces sin explicar bien por qué, más allá de la amenaza al bien general- [2]. Las leyes aprobadas por el ejecutivo, o en trámite de aprobación, desde la ley de manifestación o las restricciones a los simpatizantes de los HH.MM., alcanzan un grado de coerción y restricción que sin embargo muchos justifican en aras de la seguridad nacional y la lucha contra el terrorismo. Los informes de organizaciones de derechos humanos locales y extranjeras hablan de detenciones arbitrarias, torturas y represión desmedida de manifestaciones, en especial las de los HH.MM., cuya mención viene indefectiblemente acompañada del adejtivo “terrorista”. En muchos sentidos, hemos vuelto a los peores tiempos de Mubarak aunque, en esta ocasión al menos, disponemos de un verdadero hombre de estado. Una de las preocupaciones de las autoridades es someter cualquier disidencia en las universidades y, en general, cualquier institución pública, impidiendo a docentes y estudiantes involucrarse en cualquier actividad política so pena de criminalización por terrorismo, cajón de sastre donde cabe toda imputación. No es de extrañar, pues, que en este ambiente de psicosis islamista que todo lo justifica, los militares estén empeñados, en la Península del Sinaí, en una campaña contra los yihadistas, incluida la demolición de casas y la inutilización de terrenos sospechosos de servir de cobertura a actividades terroristas, todo ello a un paso de Gaza, donde el ejército israelí comete sus propios desmanes en virtud de los mismos objetivos.
Mientras haya islamistas persistirán, fundamentales, los hombres de estado
En el nombre de la lucha perentoria, por la democracia y la estabilidad –nacional, regional y ahora mundial-, el islamismo político en todas sus formas se ha convertido en el argumento que justifica todas las cosas, desde alianzas abigarradas como la ya aludida de Saleh y los huthíes en Yemen o la de estadounidenses e iraníes en Iraq, hasta la reemergencia del “gran hombre de estado árabe” capaz de hacerlo todo a la vez: garantizar la seguridad y el bienestar sociales, aplicar la democracia y promover el desarrollo económico. También, y aunque pudiera parecer paradójico, justifica que haya que seguir sosteniendo a una familia, los Saúd, y una doctrina religiosa, la wahabí, que son los grandes culpables de la tremenda zozobra de la ideología radical islámica de nuestros tiempos. Cuando las revoluciones árabes comenzaron a convertirse en un movimiento de actualidad se decía que los grandes beneficiados serían los islamistas, aun sin haber participado en muchos casos en las movilizaciones populares. En efecto, los procesos electorales les dieron la victoria en Egipto y Túnez, lo mismo que en Marruecos –o en Iraq con los islamistas chiíes-, al tiempo que la islamización creciente de la oposición, armada ya, al régimen de los Asad en Damasco, o la presencia vigorosa de al-Wifaq y otras organizaciones cercanas al islamismo chií en Bahréin, permitían hablar de una especie de edad de oro del islam político, reforzada además por la permanencia de Hamás en Gaza. También por aquella época se empezó a hablar de la connivencia estadounidense-islamista (mayormente ijwaní o de los Hermanos Musulmanes), en el marco de un plan orquestado por Washington para debilitar las corrientes izquierdistas, panarabistas y laicas del mundo árabe, todo ello con el concurso de Turquía –paradigma del islamismo “moderado”- y Qatar. Los acontecimientos posteriores certificaron que, una vez más, la apuesta de los estadounidenses por los islamistas, sobre todo los Hermanos Musulmanes en Egipto, era, en el caso de ser algo, coyuntural; Washington siempre apostó por sus regímenes, eso sí, a su manera.

La nueva coalición de los hombres de estado y sus regímenes
Hemos vuelto, asimismo, a los tiempos de las alianzas estratégicas entre los estados árabes y sus grandes hombres. Taeb Baccouch y Lazhar Akrami, secretario general y portavoz respectivamente de Nidaa Tounis, han dejado bien clara la solidaridad del partido con el régimen de Bachar al-Asad en su lucha frente la “conspiración extremista” contra el pueblo sirio. El primero llegó a hablar, tras la referida victoria de su partido, de que “la experiencia (democrática) tunecina no tenía por qué ser exportable a Siria” y que las relaciones entre los dos gobiernos debían recomponerse (al Chourouq, 13/11/2014). Hasta en eso Túnez ha dejado de querer ser un referente. El general Essisi, en El Cairo, y los principales portavoces del ejército –no digamos ya la cohorte mediática afín al gobierno- se ha pronunciado en líneas similares sobre la conveniencia de un “estado sirio fuerte” lo que implica, por supuesto, la permanencia de Bachar al-Asad. También se ha declarado partidario, como no podía ser menos, de la estabilidad de los estados del Golfo, en especial de Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí. A la par, se han congratulado del triunfo de Essebsi, el cual, a su vez, ha destacado la labor fundamental de las autoridades actuales egipcias como garantes de estabilidad y consenso en el Norte de África. Ambos regímenes deben permanecer sólidos, lo mismo que el jordano, el argelino y, por qué no, el marroquí, con lo que tenemos lo que hemos tenido siempre: una entrañable solidaridad interelitista árabe que excede los ámbitos de la ideología –esa rara avis que muchos han dejado de ver hace tiempo- y se basa en dos grandes pilares: el cultivo de los intereses, oligárquicos, propios y la unión contra un enemigo global. Hoy, el islamismo político.
De esta guisa todos coinciden en el mismo barco y bogan para que nada cambie. Una peculiar alianza entre antiguos regímenes que-nunca-se-han-ido, izquierdistas entusiastas de los militares y de las alianzas con el imperio para acabar con el imperialismo, nacionalistas kurdos+milicias chiíes y sunníes+fuerzas tribales+policía y ejército iraquíes=apoyo militar estadounidense multiplicado por cobertura logística iraní y dinero del Golfo, republicanos entusiastas de la monarquía, demócratas del todo vale con tal de que no ganen los islamistas, etc. El culmen lo ponen los huthíes pro iraníes, en Yemen, con sus jeeps llenos de pintadas anti estadounidenses y anti israelíes y sus acuerdos soterrados con las fuerzas vivas del régimen del ex presidente Saleh y la aquiescencia de Washington y Riad para adueñarse de Sanaa sin que el ejército que con tanta saña los combatió hace años moviera un solo dedo –los maledicentes sostienen que cuando irrumpieron en la capital, en septiembre pasado, pusieron buen cuidado en no dañar ni el complejo residencial de Saleh ni las propiedades de la embajada estadounidense-. Habladurías. El caso: un tótum revolútum en el que, una vez más, ese sector de la población que ansiaba una verdadera regeneración política, social y económica ha de volver a reprimir las ganas con el barbitúrico de la estabilidad y la seguridad. Un perdedor, el pueblo árabe, y dentro de él, los palestinos con mayor contundencia, anegados en Gaza, tanto por las fuerzas del régimen de Tel Aviv como por el bloqueo egipcio, y expoliados en Cisjordania, ante la mirada indiferente por elitista de unos gobiernos árabes que nunca hicieron nada por Palestina. Y, hoy, puesto que todo sigue igual, tampoco van a hacerlo.
En la página de televisión de al-Manar, de Hezbolá, se entona el gran lamento: las rencillas entre los musulmanes han desviado el foco del verdadero problema. Se supone que se refieren al sionismo y el neocolonialismo occidental. Por supuesto, la culpa no es de Hezbolá ni de Irán ni de las corrientes islamistas chiíes. ¡Es del extremismo sunní, Hermanos Musulmanes y radicales derivados, se entiende, y del patrocinio criminal de Arabia Saudí! Empero, para ésta, no podía ser menos, el diagnóstico se invierte: el culpable es Irán y su política expansionista en Oriente Medio… y los Hermanos Musulmanes, quienes, además de cargar con sus torpezas y mezquindades políticas propias, deben soportar la acusación de haber alimentado el yihadismo global desde hace décadas, como si éste no hubiera sido una formulación estadounidense con asistencia saudí y pakistaní. Pero eso no importa ya: lo verdaderamente transcendental, hoy, es neutralizar el peligro mayúsculo del islamismo radical. Y en eso están todos, combatiendo a al Qaeda, al Estado Islámico en Siria e Iraq, a Ansar al-Sharía, hasta a Boko-Haram o cualquier grupo yihadista que se tercie, en una alianza global contra un enemigo que en 2001, cuando se consagra la cosa esa del yihadismo internacional, apenas si dominaba Afganistán. Ahora, a pesar de la invasión de Iraq en 2003 –donde no estaba- y otros desmanes, el yihadismo ¡es la gran amenaza mundial! En el Sahel, donde tampoco estaban, en Libia, en Nigeria, en Somalia, en Siria, en el propio Iraq, en Pakistán… Una plaga planetaria que, sin embargo, se nutre de un reducido número de combatientes y en el mejor de los casos domina territorios inconexos y de escasa repercusión geoestratégica a pesar del tremendismo intencionado de los medios de comunicación. Del mismo modo que los Hermanos Musulmanes en Egipto o En Nahda en Túnez, o Fayr Libia (Amanecer de Libia) en Bengazi, no han sido los últimos responsables del descarrilamiento de las revoluciones árabes, aunque sí han contribuido a ello, el yihadismo no puede constituir la excusa de esta interesada involución que estamos preiando. Los que lo provocaron y engordaron son los mismos que, en estos momentos, patrocinan el neo patrimonialismo elitista árabe.
En definitiva, unos y otros han hecho lo que han podido para desbaratar cualquier intento de cambio real; gracias a ellos, sobre todo, pero también a los Estados Unidos, Europa, China y Rusia –el imperialismo polimórfico radical-, los propios partidos islamistas que ganaron elecciones y una izquierda árabe y occidental estúpida e ignorante hemos llegado a esto: la consagración del “eliccionalismo” (la elección dentro del cuerpo de la elite). Un mecanismo que ha reforzado a unas elites locales y permitido la “elección” interna, la depuración y mejora, de sus componentes y mecanismos de control y autoafirmación. El escritor egipcio Galal Amín, en su recuento de las razones de la recaída de su país en un autoritarismo más o menos elocuente, lo confirma: muchos egipcios pensaron que con la salida de Husni Mubarak y sus allegados, hijos incluidos, el régimen había caído. No tomaron en consideración que quienes de verdad manipulaban el poder, en los servicios de seguridad, los medios de comunicación, las instancias ministeriales, los intereses empresariales y, por supuesto, el ejército, seguían ahí [3]. Cuando en junio de 2013, millones de ciudadanos se lanzaron a la calle para protestar contra las maniobras autoritarias del islamista Mohammed Morsi, pocos se percataron de que las movilizaciones, más nutridas incluso que las de 2011 contra Mubarak, contaban con un respaldo inusitado de la intelligentsia, los medios y las instituciones, a pesar de que, se supone, los Hermanos Musulmanes eran los gobernantes. Meses después, cuando el despotismo vuelve a asentarse en Egipto, comprenden que la ausencia de policía y servicios de seguridad, los desabastecimientos, los cortes de electricidad, el desastre social en que vivió el país durante el año de gobierno de los islamistas, no sólo se debía a las numerosas e injustificables negligencias de estos. Había algo más, mucho más, lo mismo que hemos podido ir viendo en Túnez y en Yemen. Un tubérculo ponzoñoso que rebrota con mayor espasmo que nunca.

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