Handala, el icono de la amargura de Palestina

 

Handala, el icono de la amargura de Palestina
Handala aparece a menudo contemplando escenas de guerra y junto a símbolos de dolor y muerte (los cuervos y la paloma de la paz muerta) . NAJI AL ALI

05 de enero de 2014
11:01
        
Naji Salim al-Ali (1938-1987)
        

MADRID // Handala es ese niño feo y pelón, desharrapado y descalzo, que asiste, dando la espalda al lector y con las manos cruzadas por detrás, a la tragedia de Palestina plasmada en las viñetas del dibujante Naji al Ali, asesinado de un tiro en la cara en Londres en 1987. De ese personaje que se convirtió en su firma; de ese dibujo que representa al niño refugiado que el propio Al Ali fue, el artista decía que, bajo sus harapos, tenía un corazón puro lleno de “esencias de almizcle y ámbar”.
El pequeño palestino con pelo de erizo parido por “ese hombre que dibujaba con huesos humanos”– así describió la revista Time a Naji al Ali– aparece hoy por doquier en el mundo árabe: pintado en el muro de hormigón que recorre la tierra de Palestina como una cicatriz, como colgante al cuello de los jóvenes revolucionarios de Túnez y Egipto, o bien como recuerdo en los bazares de Jerusalén Oriental. Su figura ha quedado tatuada en la memoria colectiva de los árabes, que han hecho de él un símbolo del expolio que los palestinos sufren desde 1948 y, por extensión, de la lucha misma contra la injusticia.
Naji Salim Husain al Ali vio la luz en 1937 en una aldea a medio camino entre Nazaret y el Mar de Galilea. Su familia, como la inmensa mayoría de los palestinos de la época, vivía del pastoreo y de esa tierra que muy pronto tuvo que abandonar. Su éxodo lo marcó la fecha que los árabes conocen como la Nakba (catástrofe): la expulsión de sus tierras y el exilio de más de 700.000 palestinos, censados por Naciones Unidas, provocados por la proclamación del Estado de Israel y la primera Guerra árabo-israelí en 1948. La magnitud de esta catástrofe no se puede entender sin considerar que la población palestina ascendía entonces a sólo 1,2 millones de habitantes: más de la mitad de los palestinos quedaron ya entonces marcados por la diáspora. Al Shajarah (El árbol), la aldea de Al Ali, fue uno de los 480 pueblos palestinos que desaparecieron del mapa arrasados por el ejército israelí.

Camino al exilio

El artista tenía diez años cuando emprendió la vía del exilio, la misma edad con la que dibujó a Handala. Su infancia transcurrió luego en el campo de refugiados de Ain el Hilweh, en Líbano; sus muros sirvieron de lienzo para sus primeros dibujos. Gassan Kanafani, un novelista palestino que compartió el destino trágico de Al Ali (murió asesinado en 1971), se prendó de esos dibujos y consiguió que se publicaran en la revista Al Hurriya. Así empezó una carrera en la que el antiguo niño refugiado vertió su protesta contra la injusticia de la que los suyos eran víctimas. En una entrevista con la revista Index on censorship, en 1984, citada por el arabista Javier Barreda en un homenaje a Al Ali publicado en el nº 47 de Nación Árabe, el dibujante explica que su militancia política y su participación en manifestaciones –que lo llevarían a la cárcel y al exilio en varias ocasiones–, no le bastaban: “Los agudos gritos que sentía en mi interior necesitaban un medio de expresión diferente”. Aquellos gritos guiaron su mano al dibujar a Handala, parido en 1969 en Kuwait para la revista Al Siyyasa.
Al principio, el dibujo del niño representaba a su autor. Con una diferencia: el personaje está petrificado en el tiempo, es la imagen de un refugiado de diez años que no crece: “Handala nació con diez años y siempre tendrá diez años. Esa es la edad que yo tenía cuando dejé mi país. Handala sólo crecerá cuando retorne a Palestina. Las reglas de la naturaleza no se cumplen en él. Es una excepción, y las cosas sólo serán naturales cuando retorne a su tierra. Este niño es una representación simbólica de mí mismo y de todos los que viven y sufren la misma situación. Se lo ofrecí a los lectores y lo llamé Handala, como símbolo de la amargura”. Handala proviene de Al Handal, el nombre árabe de la coloquíntida o tuera (Tuera es tu voz para mi oído, tuera, dicen unos versos de Miguel Hernández), una planta de raíces tan profundas que vuelve a crecer aunque la arranquen, pero cuyo fruto es tan amargo que ni los hambrientos animales del desierto se alimentan de ella. El personaje del pequeño refugiado encarna “la amargura, la resistencia y la dignidad” de Palestina, explica el artista árabo-estadounidense Fayeq Oweis en uno de sus ensayos sobre la obra de Al Ali.
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En las primeras viñetas, el niño mostraba su rostro pero, a partir de 1973, su figura aparecerá de espaldas, un cambio que incrementó su carga simbólica. Con el tiempo, el dibujo llegó a encarnar a la propia conciencia de su autor. Naji al Ali explicaba: “Handala es un icono que me protege de ciertas conductas y del desarraigo. Es leal a Palestina (…), me protege de la cobardía y me impide echarme atrás. A pesar de su aspecto, tiene un corazón puro. Tiene las manos cruzadas a la espalda como señal de rechazo, en un momento en el que circulaban las soluciones propuestas por Estados Unidos y el sistema. Se las dibujé así tras la Guerra de Octubre de 1973 [la guerra del Yom Kippur], cuando comencé a olfatear el olor de lo que [Henry] Kissinger llevaba en su cartera”.
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