Vino, sangre y gasolina

URI AVNERY
Jueves 11 de diciembre de 2014 por CEPRID
Traducido para Tlaxcala por Ilya U. Topper

Kafr Kanna, un pueblo cerca de Nazaret, probablemente sea el lugar donde Jesús -según relata el Nuevo Testamento – convirtió el agua en vino. Ahora es una aldea árabe donde la policía israelí convierte las piedras en sangre.

El día de autos, la policía se estaba enfrentando a un grupo de jóvenes árabes que protestaban contra los intentos de Israel de cambiar el status quo del Monte del Templo (al que los musulmanes llaman “Noble Santuario”). Este tipo de manifestaciones tenían lugar ese día en muchas ciudades y aldeas árabes en todo Israel, y especialmente en la Jerusalén Este ocupada.
Según el primer informe policial, un árabe de 22 años, Jeireddín Hamdan, atacó a la policía con un cuchillo. No tenían más remedio que actuar en defensa propia, dispararle y matarle.
Como suele pasar a menudo con los informes policiales, esto era un hatajo de mentiras.
Desafortunadamente (para la policía), unas cámaras de seguridad grabaron el incidente. Las imágenes muestran claramente cómo Hamdan se acerca al coche policial y golpea la ventanilla con algo que quizás sea un cuchillo. Cuando vio que esto no daba resultado, Hamdan se dio la vuelta y se fue.
En este momento, los policías salieron del coche y empezaban a disparar de inmediato por la espalda a Hamdan, quien fue alcanzado y cayó al suelo. Los agentes lo rodearon y tras vacilar un rato, obviamente un momento de consulta entre ellos, empezaron a arrastrar al joven herido por el suelo hasta el coche, como si fuera un saco de patatas. Lo echaron en el fondo del vehículo y arrancaron (aparentemente para irse a un hospital), con sus pies sobre el hombre moribunda o cerca de él.
Las imágenes muestran con toda claridad, de manera que cualquiera puede verlo, que los policías vulneraron las normas policiales en vigor para abrir fuego: No estaban en un peligro mortal inminente, no gritaron una advertencia antes, no dispararon primero al aire, no apuntaron a las partes inferiores de su cuerpo. No llamaron una ambulancia. El joven se desangró. Fue una ejecución a sangre fría.
Hubo una oleada de indignación. Los ciudadanos árabes iniciaron revueltas en muchos lugares. Bajo la presión, la Comisión de Investigaciones de la policía (que depende del Ministerio de Justicia) empezó a investigar. Las primeras pesquisas ya revelaron varios hechos que convierten el incidente en aún más grave.
Resulta que antes de que las cámaras filmaran la escena, la policía había arrestado al primo de Hamdan y lo habían metido en el coche.
Obviamente, Jeireddín quería que se liberase a su primo y por eso golpeó el coche. El primo vio cómo le dispararon y le metieron en el fondo del coche en el que él estaba ya sentado.
La primera reacción de la cúpula policial era justificar la actitud de los agentes, cuyos nombres y caras no se han revelado. Fueron trasladados en secret a alguna otra unidad policial.
Describo el incidente con tantos detalles, no porque sea algo único, sino precisamente por lo contrario: porque es tan típico. Lo único especial en este caso era que había una cámara de seguridad de cuya existencia nadie se había dado cuenta.
Varios ministros del Gabinete alabaron la actitud ejemplar de la policía en este incidente. Esto lo podemos pasar por alto como una búsqueda frenética de publicidad por parte de demagogos de extrema derecha, que creen que sus votantes siempre y en todos los casos están de acuerdo en disparar a los árabes. Ellos deben de saberlo.
Sin embargo, hay una declaración que no podemos ignorar: la que hizo el ministro de Seguridad Interior.
Pocos días antes del incidente, el ministro Yitzhak Aharonowitz, un enchufado de Avigdor Lieberman y ex agente de policía, declaró públicamente que no quería que ningún terrorista sobreviviera tras cometer un atentado.
Esto es una declaración manifiestamente ilegal. Es, de hecho, un llamamiento a cometer crímenes. Según la ley, los policías no pueden disparar a un “terrorista” o a quien sea después de detenerlo. Y mucho menos cuando está herido y no representa ningún “peligro mortal”. Aharonowitz siempre parece un colega simpático. Tiene la habilidad de surgir de forma inesperada ante las cámaras siempre que haya ocurrido algo que sea noticia, ya sea un grave accidente de tráfico, un crimen político o un incendio. Dios sabrá cómo lo consigue.
El hecho es que el ministro de Seguridad Interior (antes llamado ministro de Policía) prácticamente no tiene atribuciones. Desde los días del mandato británico, el comandante de las fuerzas policiales ha sido siempre el inspector general, un oficial de uniforme profesional. La única función policial del ministro es recomendar al Gobierno a quién debería nombrar en el cargo del inspector cuando hay que renovarlo. Pero para los policías de a pie, una declaración del ministro suena como una orden. Es bastante probable que las palabras irresponsables del ministro incitasen directamente el crimen de Kafr Kanna. Especialmente teniendo en cuenta que ni el inspector general ni el primer ministro dijeron nada para expresar su rechazo.
Todo esto me recuerda la declaración, de graves consecuencias, del entonces primer ministro Yitzhak Shamir en 1984: también dijo que ningún terrorista debería sobrevivir un ataque. El resultado directo fue el asunto del “Autobús de la línea 300”, en la que cuatro chavales árabes, sin arma alguna, secuestraron un autobús israelí. Se les paró; dos murieron bajo los disparos cuando se recuperó el bus y a dos se les apresó vivos. A uno de ellos lo asesinó el jefe del Shin Bet en persona, Avraham Shalom, que le rompió el cráneo con una piedra. Cuando se publicaron las imágenes (fui el primero en hacerlo), a Shalom y sus colegas se les aplicó una amnistía. Shamir negó toda responsabilidad.
Volvamos a lo de hoy. ¿Es esta la Tercera Intifada que todo el mundo espera ya desde hace tanto? ¿Sí? ¿No?
Los agentes de la policía y del Ejército, los políticos y sobre todo los tertulianos de la prensa están muy ocupados en responder a esta pregunta. (Intifada quiere decir, literalmente, “sacudirse algo”).
Esto es algo más que un simple juego semántico. La definición encierra unas consecuencias operativas.
Lo que es un hecho es que todo el país está ahora en llamas. Jerusalén Este ya es una zona de guerra, con manifestaciones a diario, revueltas y sangre derramada. En la propia Israel, también se registran todos los días huelgas y protestas desde que mataron a los ciudadanos árabes en Kafr Kanna. En Cisjordania hubo algunas manifestaciones y un asesinato con cuchillo, después de que un árabe muriese a tiros. Mahmoud Abbas hace todo lo que está en su poder para prevenir un levantamiento general, que podría muy bien poner en peligro su régimen. Pero la presión desde abajo no para de subir. Abbas rechazó encontrarse con Netanyahu en Ammán.
La sabiduría popular de Israel ya ha encontrado un nombre para la situación: La “intifada de los individuos”. Para los jefes de seguridad de Israel, esto es una pesadilla. Están preparados para una intifada organizada. Saben cómo aplastarla por la fuerza y, si fuera necesario, por más fuerza. Pero ¿qué hacer con una intifada que se basa enteramente en la acción de individuos aislados, sin órdenes de ninguna organización, sin un grupo al que puedan infiltrar los colaboradores de la red de informadores del Shin Bet?
Un árabe individual que escucha las noticias se indigna con la última humillación del Santuario de Jerusalén y da un volantazo para meter su coche en el grupo más cercano de soldados o civiles israelíes. O coge un cuchillo de la cocina de un restaurante israelí donde friega los platos y empieza a acuchillar a gente en la calle. No hay información previa. No hay una red que se pueda infiltrar. Eso es bastante frustrante. El ojo del huracán es el Monte del Templo. La Mezquita de Al Aqsa (“la más lejana”), el tercer lugar más santo del islam, está bajo asedio. En un momento, los soldados israelíes entraron en la mezquita – sin quitarse las botas – al perseguir a unos manifestantes que tiraban piedras.
¿Adónde vamos?
Desde hace décadas, un grupo de zelotes israelíes se dedica a planificar la construcción de un nuevo Templo Judío en el lugar de Al Aqsa y la magnífica Mezquita de la Roca. Están bordando los ropajes de los sacerdotes y hacen las preparaciones necesarias para los sacrificios de animales.
Hasta hace poco se les consideraba un simple curiosidad. Ya no.
Varios ministros del Gabinete y diputados han entrado en el recinto sagrado para rezar, algo que contraviene el status quo. Esto ha desencadenado alarmas en todo el mundo islámico. Los palestinos en Jerusalén Este, Cisjordania, Gaza y en la propia Israel están furiosos. Netanyahu prometió al rey jordano Abdalá II que restauraría la tranquilidad. Pero está haciendo todo lo contrario.
Jesucristo convirtió el agua en vino. Netanyahu está convirtiendo el agua en gasolina y la está echando sobre el fuego.

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