La deriva de España en el Egipto de Al Sisi

Partidarios del presidente egipcio Abdelfatah al Sisi.


Resulta perturbador escuchar estos días el mismo relato maniqueo y tramposo de lo que sucede en Egipto en boca de funcionarios españoles y egipcios. Es aún más escalofriante pensar que unos dicen representar a una democracia y otros el feliz regreso a la autocracia. Cuatro años después de que los egipcios reivindicaran su dignidad en la plaza Tahrir de El Cairo, el Gobierno español es uno de los apoyos más entusiastas del mariscal de campo que ha aplastado a la disidencia y luce el dudoso mérito de haber segado más de 3.000 vidas y enviado a la cárcel a más de 40.000 personas.
Los jóvenes que una vez habitaron aquel laberinto de tiendas plantado en un cruce de caminos y que se jugaron la vida frente a los gendarmes de Mubarak no merecen el espectáculo que las autoridades españolas escenifican este jueves en Madrid, donde el ex jefe de las fuerzas armadas Abdelfatah al Sisi -vencedor de unas elecciones sin rival con el 96.91 por ciento de los votos- es agasajado con honores, mientras los iconos de aquella revolución truncada -Alaa Abdelfatah, Ahmed Maher, Ahmed Duma o Mohamed Adel- languidecen en la cárcel por salir a la calle y mantener viva la lucha por "el pan, la libertad y la justicia social".
La visita de Al Sisi es una prueba más del caos que reina en la Unión Europea. Los países del sur -Francia, Italia, Grecia y España- han sacrificado cualquier denuncia de las violaciones de derechos humanos y cualquier reivindicación de democratización en nombre de la supuesta seguridad. En una región dominada por el yihadismo, la diplomacia de la orilla norte del mediterráneo quiere creer que Al Sisi es una garantía de seguridad. Un remedio, un mal menor. "Tengo una difícil ecuación: o mantener la seguridad de 90 millones de egipcios o el caos", señala Al Sisi en la entrevista exclusiva publicada este miércoles por EL MUNDO.
Su oferta de mano dura y vulneración de todas las libertades públicas, sin embargo, lleva el mismo ADN de la que durante décadas ofreció Hosni Mubarak. Y ya conocemos el resultado: extirpar el espacio político empuja a la población hacia los márgenes y, lejos de asegurar la estabilidad,alimenta estallidos sociales como el que a principios de 2011 gritó el fin de la impunidad policial y de los privilegios de una élite corrupta cansado de aceptar lo inaceptable. No hay que ser muy perspicaz para saber que aplicar ahora la misma ecuación solo servirá para alienar a unos jóvenes que han probado la libertad y se hallan hoy desolados por el curso de los acontecimientos.
Conviene recordar a las autoridades españoles -que presumen de su complicidad con Al Sisi- que el régimen egipcio ha protagonizado desde el golpe de Estado de 2013 la campaña de represión más brutal en décadas.Y no solo contra los Hermanos Musulmanes sino también contraliberales, izquierdistas y activistas, contra todo aquel que discuta el retorno a un estado policial de comisarías convertidas en centros de tortura; denuncie una "justicia selectiva" que absuelve a Mubarak y las fuerzas de seguridad mientras despacha cientos de penas capitales y cadenas perpetuas; y se burle de unos medios de comunicación dedicados a rendir pleitesía a Al Sisi y propagar un patriotismo exacerbado.
En los despachos españoles algunos se han creído incluso los rumores que se propagaron sobre la Hermandad durante la fugaz presidencia de Mursi -que sí querían regalar el Sinaí a Hamas; que sí enviaban petróleo a Gaza; que sí querían destruir el patrimonio egipcio...- y la supuesta islamización del país que dirigieron durante apenas doce meses. La realidad es que la Hermandad -que cometió innumerables errores- solo trató de colocar a sus peones en la impermeable administración egipcia y que no avanzó en ningún plan de convertir Egipto en una teocracia, como algunos afirman con total ligereza. La realidad es también que la Hermandad no ha sido catalogada como "organización terrorista" por la UE ni EEUU porque el régimen no ha sido capaz de presentar pruebas de su vinculación con los ataques que sufren las fuerzas del orden. Precisamente lgunos de los disparates que se escucharon durante 2013 fueron voceados por los salafistas que firmaron la asonada.
No resulta menos osado aplaudir la "revolución" del islam que dice propugnar Al Sisi. Un reforma que, tras casi un año en la presidencia, vive instalada en la absoluta vaguedad. Parece muy improbable que llegue a cumplirse cuando se constata que la ruinosa economía local -devastada por los subsidios y la bomba demográfica- vive apuntalada por las mismas monarquías del golfo Pérsico que como Arabia Saudí amueblaron ideológicamente a los militantes de Al Qaeda y el Estado Islámico; albergan decapitaciones "legales" y condenan a su población femenina a una infancia eterna.
En lugar de exigir gestos aperturistas que confronten el extremismo y promuevan el juego político, España ha comprado el discurso de Al Sisi con la ilusión de ganarse su favor y mejorar sus inversiones en el país más poblado del mundo árabe. En marzo, durante la cumbre económica celebrada en el sur del Sinaí, el ministro español de Industria, Energía y Turismo, José Manuel Soria, hizo un encendido, brevísimo y deslavazadodiscurso en el que omitió cualquier referencia a los derechos humanos y dio su total apoyo a la lucha contra el terrorismo.
Es complicado hallar algún mérito en haber puesto en pie a un auditorio lleno de saudíes o emiratíes, donde -ya se sabe- ni la dignidad humana ni la libertad son asuntos de relevancia. Quizás algunos consideren que la exhibición podría merecer la pena si, a cambio de renunciar a los principios de la ilustración, se consigue alguna contrapartida. Pero lo cierto es que ni siquiera eso: España volvió de Sharm el Sheij con el corazón henchido de proclamas patrióticas y con las manos completamente vacías. Sin haber logrado desatar el grave nudo que asfixia a las dos mayores inversiones de empresas de nuestro país en la tierra de los faraones, que han tenido que trasladar sus litigios al arbitraje internacional.

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