Entrevista con Khaled Al-Sheikh, joven palestino encarcelado a los 16 años

“Nací el 27 de octubre de 1999, tengo dos hermanos y cuatro hermanas, soy el benjamín de la familia. A fines de diciembre de 2014 estaba en la cima de la colina Beit Annan, en nuestro pueblo. Mucha gente acostumbra a ir allí porque es un lugar hermoso desde el que se puede ver el mar (al que los alestinos no tenemos derecho a llegar). 

Mi amigo y yo queríamos jugar al fútbol y estábamos buscando a otros chicos para jugar un partido. En un momento dado me di la vuelta para hablar con mi amigo pero ya no lo encontré. En su lugar siete soldados israelíes se abalanzaron sobre mí. Uno de ellos me golpeó en la cabeza con su arma y perdí el conocimiento.
Cuando lo recuperé estaba en la calle con las manos engrilladas y una venda en los ojos. Veía algo por debajo de la tela que me vendaba, los soldados hablaban en hebreo y uno de ellos me amenazó con gestos de arrojarme desde lo alto de una montaña. Me tiraron en el piso de un jeep y me preguntaron mi nombre y mi edad.
El vehículo circuló una media hora. Los soldados me daban puntapiés y me insultaban en hebreo, pero les entendía. Luego me ataron los pies (además de las manos) y me sentaron en una silla. Al principio rechazaba beber el agua que me ofrecían, los soldados se burlaban de mí. Pero luego de doce horas sentí verdaderamente hambre y sed. Me dieron entonces un pequeño sándwich y un jugo de un cuarto litro.
Luego me llevaron a un centro de investigaciones. Había allí cuatro o cinco inspectores que me insultaban.
Un soldado me había hecho sentar en una silla. Cuando llegó su superior se enojó y me hizo caer al suelo. Fue entonces cuando me sacaron la venda de los ojos.
Fui interrogado por dos policías y un soldado. Me reclamaron mi identidad, mi edad y lo fueron anotando en una computadora. Decían que yo pertenecía a una familia de “saqueadores”. Querían saber por qué, cuando me detuvieron, estaba en la cima de la montaña.
Otro de los soldados me arrojó sobre una silla y amenazó con golpearme si le mentía. Me tomaron las huellas digitales y me fotografiaron.
Un soldado me dijo: “Voy a traer a un israelí que habla el árabe mejor que tú, que hablas como un campesino”. Me trajeron un papel en el que estaban escritas tres líneas en árabe que decían que yo tenía derecho a un abogado. Firmé. Pero además había otras tres hojas en hebreo que me era imposible entender. Comprendí luego que había firmado una confesión.
El abogado no vino.
Mi padre llegó con algunos amigos. Dijeron que yo era un niño y que no había hecho nada malo. Vi a mi padre unos diez minutos pero luego los soldados no me dejaron despedirme de él. Los israelíes me encarcelaron en la prisión de Ofer (cerca de Ramallah, N. de T.) Éramos diecisiete personas de entre 15 y 18 años.
En mi celda éramos diez. A los cinco días de detenido me condujeron ante un tribunal militar. Era la primera vez que veía a mi abogado. Me dijo que me liberarían pronto porque era un niño y estaba enfermo.
Una semana antes de mi arresto los exámenes habían revelado que estaba anémico.
Estuve cuatro veces en el tribunal antes de cambiar de abogado. La quinta vez mi nuevo abogado dijo al tribunal que mi familia estaba preocupada porque los israelíes rechazaban darme medicamentos u hospitalizarme.
Hablé también de la herida que tenía en la cabeza a causa del golpe que me había dado el soldado en el momento de arrestarme pero el secretario del tribunal ignoró el tema.
Verdaderos criminales de guerra, los soldados israelíes no dudan en secuestrar, maltratar y a menudo matar a los niños palestinos. Cuando por quinta vez estuve ante el tribunal militar, los israelíes decidieron que debía permanecer cuatro meses en la cárcel y luego agregaron seis meses en libertad condicional y una multa de 2.000 shekels (alrededor de 482 euros, N. de T.).
Mi padre fue amenazado por el juez de ser arrestado por haber mediado en mi caso algo que está prohibido en los territorios de 1948 (también llamados Israel).
En la cárcel todas las mañanas a las seis nos despertaba una decena de soldados. Luego se podía seguir durmiendo o salir de la celda pero a las 8 se encienden todas las luces y es imposible dormir.
A las 10 y a las 15 horas vienen a llamarnos nuevamente y todos los presos deben estar en sus celdas. Los soldados llegan con matracas, golpean los barrotes de las ventanas y las paredes para asegurarse que no escondemos nada. Entre esos llamados se puede salir. Debemos limpiar las celdas todos los días y los adultos preparan la comida. A veces las cantidades no alcanzan para todos los prisioneros.
No pude estudiar durante el tiempo que estuve detenido porque era todavía muy chico y no había libros adaptados a mi nivel escolar.
A las 23 h. los presos adultos nos mandaban a dormir. Pero los soldados seguían haciendo mucho ruido para molestarnos. A menudo hacia medianoche o hacia la una de la madrugada los soldados nos obligaban a salir de la celda durante unos diez minutos y luego nos dejaban volver. Era solo para hacernos la vida imposible.
Durante el tiempo que estuve preso lo más duro era ver la lista con los nombres de las visitas familiares y no ver nunca mi nombre. Detestaba también el viaje entre la cárcel y el tribunal. Los soldados llevaban un perro al que excitaban para amedrentarme.
Muchas asociaciones de defensa de los derechos humanos reclamaron al Gobierno israelí y solo después de cuarenta y un días de detención pude hacerme hacer un examen sanguíneo para controlar mi estado de salud. Pero nunca tuve derecho ni a una aspirina. Jamás pude recibir una visita en la cárcel y aún ante el tribunal me estaba prohibido hablar con mi familia y saludar a mi padre y a mi madre. Fui liberado el 25 de abril de 2015 y los israelíes otorgaron el permiso de visita a mi familia el 7 de mayo de 2015.
Ahora que he sido liberado, desde luego estoy contento de hallarme nuevamente en familia pero hay otros chicos como yo, otras personas, algunas enfermas sin tratamiento, siempre encerradas.
Hay chicos de apenas diez años. Quiero ser periodista porque quiero describir la verdadera situación, quiero contar a todo el mundo lo que nos hacen los israelíes”.
Elsa Grigaut, periodista independiente ha escrito varios libros relacionados con Palestina: Femmes de Naplouse emprisonnées en Israël (2011), Vivre sous l’occupation (2012), Palestiniennes ! (2013) y Réfugiés (2014).
Esta traducción se puede reproducir libremente a condición de respetar su integridad y mencionar a la autora, a la traductora y a Rebelión como fuente de la traducción
Fuente: Elsa Grigaut, Info Palestine / Rebelión (Traducido del francés para Rebelión por Susana Merino)

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