jueves, 22 de septiembre de 2022

Miles de niños en Siria se ven abocados al abandono escolar y al trabajo infantil de riesgo

Nadim Naqo en su lugar de trabajo al este de Alepo. Este niño de 11 años pule piezas de metal a mano y sin la protección básica. (Emad Al Basiri)

Miles de niños en Siria se ven abocados al abandono escolar y al trabajo infantil de riesgo

 Por

Moussa Ak Jamaat
Ayham Al Sati

Equal Times 29 de agosto de 2022

El trabajo infantil, en muchos países del mundo árabe, es un hecho consumado que forma parte de la realidad cotidiana de la región, pero el problema toma tintes especialmente dramáticos y graves en el caso de Siria, donde el tejido social y el propio sistema educativo están sufriendo de lleno los efectos destructivos de una guerra que se prolonga desde hace más de 11 años. Miles de niños del noroeste del país se están viendo obligados a abandonar sus escuelas y acudir, en condiciones de gran vulnerabilidad, a un mercado laboral que los encamina, a menudo, a trabajos muy duros y de alto riesgo, en sectores como la refinería rudimentaria de petróleo, donde llegan a poner en peligro sus vidas, tanto por la naturaleza de su labor como por la posible conversión de sus puestos de trabajo en objetivos militares.

Uno de estos niños es Jamil Al-Safirani, un muchacho de 14 años que actualmente reside en la localidad de Tarhin, al noreste de Alepo (donde ha pasado la mayor parte de su vida, desde que se vio desplazado junto a su familia, cuando las fuerzas del régimen de Damasco –apoyadas por milicias iraníes– tomaron el control su ciudad natal, Al-Safira, al sureste de Alepo, en el año 2013).

Trabajo peligroso realizado por niños

Jamil trabaja en los quemadores de crudo de su pueblo actual desde hace ya tres años. Apenas había cumplido los 11 cuando se vio obligado a dejar el colegio y trabajar allí para mantener a su familia, pese a los riesgos y enfermedades que amenazan a quienes se dedican a esas tareas.

En efecto, en numerosos lugares del norte de Siria, como Tarhin, donde antes abundaban los huertos y los olivares, ahora el paisaje está lleno de piscinas de crudo que se quema y se refina de manera muy primitiva para obtener un tipo de diésel, conocido como “mazot”, que millones de personas utilizan a diario como combustible para transporte, calefacción y cocina. Los llamados “quemadores de petróleo” son campos reconvertidos en instalaciones de refinado muy precarias, donde el crudo, importado desde otras zonas del país, controladas por fuerzas apoyadas por los Estados Unidos, es destilado y procesado de manera muy rudimentaria para su conversión en combustible. El tipo de fabricación casera que se hace en estos campos deja decenas de muertos todos los años, no sólo por los accidentes y explosiones ocasionales que se dan durante el proceso de producción, sino por el envenenamiento causado por la constante la inhalación de gases, que además de ennegrecer el aire en estos improvisados campos petroleros, generan una contaminación pesada y ácida, que afecta de forma severa a la población de los alrededores y se extiende a cientos de kilómetros de distancia.

Estas precarias refinerías garantizan suficiente suministro para satisfacer la demanda local de combustible, pero cientos de niños trabajan en ese sector recogiendo los desechos resultantes de la quema de crudo, limpiando los tanques de quemado y eliminando las impurezas, por lo que están constantemente expuestos a sustancias tóxicas que les provocan desde tos crónica y asma alérgica a bronquitis aguda y neumonía, además del riesgo de sufrir explosiones fatales ante el menor descuido o fuga de combustible.

A esto se suma la amenaza de que los pozos de trabajo puedan ser bombardeados en cualquier momento. “He sobrevivido varias veces a los bombardeos rusos que tuvieron como objetivo los quemadores de Tarhin”, confirma el joven Al-Safirani. En efecto, los incineradores de crudo donde arriesga a diario su salud y su vida fueron bombardeados varias veces por aviones militares rusos y del régimen sirio. Tres civiles y un voluntario de la Defensa Civil siria fueron víctimas directas de estos ataques en marzo de 2021.

Entorno frágil y precario

Detrás de esta situación están la violencia, la crisis económica y la pandemia de covid-19, que están empujando a las familias en Siria al borde del abismo, con ya casi el 90% de los niños del país en condiciones de necesitar asistencia humanitaria, según un informe del Fondo de Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF). Tras sucesivas crisis económicas, el número de sirios que viven bajo el umbral de la pobreza supera ya el 90% de la población, según el secretario general adjunto de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas, Martin Griffiths, que indicó que muchos sirios se ven obligados a tomar decisiones muy difíciles para poder vivir.

Eso es lo que lleva haciendo la mitad de su vida Nadim Naqo, un muchacho de 11 años de la ciudad de al-Bab, al noreste de Alepo, que se ha visto obligado a trabajar, junto a su padre, en una profesión tan dura y agotadora como el pulido de piezas de metal a mano. “Empecé a trabajar con él a los seis años, y tenía que hacerlo porque me desplazaban muchas veces de un sitio a otro, así que ni siquiera podía ir a la escuela”, relata el pequeño. “Mi mayor sueño era aprender una buena profesión para ayudar a mi familia y aliviar a mi padre con los gastos difíciles de la vida”.

Mientras algunos de sus amigos aún van a clase, otros también tuvieron que dejar las aulas para ayudar a sus familias. “A mí la escuela me encanta y me gustaría volver, pero las condiciones de vida son difíciles, y ya he perdido muchos años de estudio”, explica, mientras se queja de que le duelen las manos constantemente. “Lo bueno de mi trabajo es que mi padre está a mi lado, y que a veces, los días que tengo libres, puedo jugar con mis amigos”.

En la misma ciudad de al-Bab, una madre, Umayyah Sfirani, de 49 años, desplazada desde la zona rural de la que es originaria, al sur de Alepo, confirma que sus cuatro hijos, que también trabajan en las refinerías de crudo, se vieron obligados a abandonar la escuela por una combinación de factores bastante habitual: malas condiciones de vida y falta de oportunidades, resultado de la huida de la guerra. “Sé lo peligroso que es ese trabajo, pero no teníamos otra opción”, asegura. Lo que ganan sus hijos les permite cubrir las necesidades básicas de la familia bajo unas condiciones muy difíciles, aunque todo parece estar empeorando. “Espero que puedan regresar a las escuelas cuando la situación se estabilice y volvamos a nuestros hogares”, confiesa, pero admite que, por ahora, “lamentablemente es un sueño lejos de alcanzar”.

¿Soluciones a la vista?

Según un informe reciente de la ONG Save the Children, dos de cada tres niños en el norte de Siria carecen ya de educación, y cerca de 2,45 millones de niños habían dejado de estar escolarizados a finales de 2019 en toda Siria. Aunque el abandono escolar y el trabajo infantil son dos males que aquejan a todo el territorio, en la parte del país controlada por el gobierno de Bachar al Asad el problema podría incluso ser mayor, si bien no hay datos oficiales disponibles –no obstante, los contactos sobre el terreno tanteados por los periodistas que firman esta crónica parecen confirmar esa realidad–.

Según explicó a Equal Times la directora de campañas y comunicaciones de la Oficina de Respuesta para Siria de la ONG, Kathryn Achilles, es frecuente que, a causa de la guerra y de la maltrecha situación económica generalizada, los niños que acaban abandonando la escuela lo hagan bajo una fuerte presión. Ante la urgencia de conseguir alimentos, agua potable y un techo seguro, los niños suelen sentir que no tienen más opción que ponerse a trabajar para ayudar a sus familias a subsistir.

Por su parte, Jihad Al-Hijazi, ministro de Educación del gobierno interino en la región nororiental bajo el control de la Coalición de Oposición Siria, afirmó en conversación con Equal Times que el factor principal que mueve a los niños a cambiar el colegio por un trabajo es el resultado de los bombardeos del régimen de Damasco con apoyo militar de Moscú. A la propia destrucción física de sus escuelas se suma el desplazamiento forzoso de sus familias a otras partes del país más seguras, lo que hace que, al llegar a su nuevo lugar de refugio, muchos niños se vean obligados a trabajar para ayudar a sus padres a sacar la familia adelante.

Aunque el pueblo sirio estaba entre los más volcados de la región en facilitar la educación de las nuevas generaciones, Al-Hijazi subrayó que los efectos de la inestabilidad social, la guerra, los bombardeos y los desplazamientos masivos de personas han hecho que mucha gente perdiera las tierras y propiedades que garantizaban su sustento.

Para hacer esto posible sería necesario proporcionar una ayuda económica a las familias que actualmente dependen de los ingresos que aportan estos niños, así como poner en marcha programas de educación profesional, técnica y artesanal, para menores y adultos que ya tienen demasiadas dificultades como para poder reintegrarse en los programas de educación tradicionales.

Para Achilles, abordar este problema “requiere que los distintos actores humanitarios trabajen conjuntamente, para identificar a los niños que están trabajando o en riesgo de tener que trabajar, garantizar que las familias tengan dinero en efectivo y apoyos para acceder al empleo y a medios de subsistencia, y para permitir que los niños vayan a la escuela y regresen al sistema. Por encima de todo”, concluyó, “se necesitan esfuerzos concertados para poner fin al conflicto y ayudar a las familias a recuperarse”.

Esta crónica es fruto de una colaboración especial entre los medios de comunicación Baynana –primer medio en español y árabe creado por refugiados y migrantes– y Equal Times.

 


 

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