Palestina: El dilema de la ayuda humanitaria

Jason Cone, director ejecutivo de MSF-USA, analiza el difícil papel de MSF en los Territorios Palestinos Ocupados. A medida que la crisis humanitaria se agrava para los palestinos Médicos sin Fronteras trata de paliar sus heridas sin permitir aceptar el hecho de la ocupación. 

Los niños son, psicologicamente, los más afectadodos. Anna Surinyac, 2015.
Al bajar de un coche en la ciudad cisjordana de Kafr Qaddum, fui recibido por el hedor de la orina, las heces y el olor a neumático quemado: un recordatorio pestilente de la confrontación, casi constante, entre colonos y soldados israelíes por un lado y los palestinos por el otro.
La familia Abu Ehab, cuya casa de dos pisos se encuentra en una ladera justo por debajo de la carretera por la que llegamos, está atrapada entre estas batallas. Los miembros de la familia viven en el primer piso y tienen sus gallinas en el segundo, pero las paredes poco pueden hacer para protegerlos del intercambio de gases lacrimógenos, el hedor de los neumáticos quemados y las pedradas. Con frecuencia, las tropas de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI) patrullan alrededor de la propiedad de la familia Abu Ehab durante las operaciones de búsqueda nocturnas. A veces, entran en la casa.
Se siente el olor de “mofeta”, el líquido con olor a aguas residuales que el ejército israelí utiliza para empapar a los palestinos y manifestantes extranjeros que se reúnen semanalmente en este cenizo camino. Es tan penetrante el olor  que el hijo mayor de la familia vomita al ver la comida. El ejército también utiliza granadas aturdidoras para contrarrestar las manifestaciones. Después de que una detonase demasiado cerca de la casa, la hija mayor perdió la audición de un oído.
“Ella no solía ser capaz de terminar una frase sin llorar”, me cuenta el psicólogo de Médicos Sin Fronteras (MSF) que ha estado aconsejando a la madre de la chica. “Ahora puede hablar de sus miedos sin venirse abajo”, asegura el profesional de MSF.
Así es como MSF, como organización médico-humanitaria, mide el progreso de aquellos a los que asistimos en los Territorios Palestinos Ocupados. Durante los últimos 15 años, nuestros programas en los Territorios Palestinos Ocupados se han centrado principalmente en la salud mental, pero mis colegas a veces sienten que solo pueden dar a los pacientes una gruesa armadura psicológica contra el trauma diario de sus vidas. Estos pacientes son los padres de los adolescentes detenidos en cárceles israelíes o palestinas, los niños con uno o ambos padres en prisión, las familias palestinas en las primeras líneas de la violencia con los colonos israelíes o la que sufren entre los mismos palestinos, y muchos son aquellos afectados por las operaciones nocturnas de búsqueda de las FDI u otras acciones militares.
Lo que nuestro personal ve, día tras día, son las consecuencias médicas de la ocupación. Pero aunque podemos tratar algunos de los síntomas de nuestros pacientes, no podemos cambiar las causas subyacentes de su sufrimiento. A medida que el sufrimiento se ha ido convirtiendo en algo normal, nos hemos estado cuestionando sobre el sentido de nuestra presencia. Este es el dilema de la ayuda humanitaria: cómo aliviar el sufrimiento de la población sin que se nos permita actuar en la raíz del dolor.
Con el primer aniversario de la última guerra de Gaza (que probablemente no será la última), se debe entender que las organizaciones humanitarias no tienen el monopolio de este dilema. Todos los países, en particular los Estados Unidos y los estados miembros de la Unión Europea, deben afrontar su responsabilidad por el sufrimiento de los palestinos puesto que permiten y ayudan a la expansión de la ocupación de los territorios palestinos, ya sea mediante la subvención a través de la ayuda humanitaria o militar o dando cobertura política a sus tácticas y prácticas.
MSF ha estado trabajando durante más de 15 años en los Territorios Palestinos Ocupados. Nuestros programas médicos y psicológicos abren una ventana a la realidad cotidiana de los palestinos que viven en los Territorios Palestinos Ocupados. Es un viaje que revela la devastación de las estrategias de ocupación, ya sea a través de bloqueos y bombardeos o a través de los muros y las redadas nocturnas.
Terrores nocturnos y violencia burocrática
Otra forma de violencia psicológica que experimentan nuestros pacientes es la amenaza constante que pesa sobre sus seres queridos que están encerrados indefinidamente, sin cargos. Con frecuencia el ejército israelí se mueve alrededor de la propiedad de la familia Abu Ehab durante las operaciones nocturnas de búsqueda; a veces, las tropas entran en la casa. No muy lejos, en el pueblo de Majdal Bani Fadil, seis niños están viviendo solos: cuando visité su casa con uno de nuestros equipos de evaluación psicológica, a finales de abril, el tío de los niños me explicó que ambos padres fueron arrestados el año pasado. Me dijo que a su madre se la llevaron en medio de la noche, hace 12 meses, y que ha estado detenida sin sentencia desde entonces.
Los niños no solo la vieron siendo arrastrada, tampoco tienen ni idea de cuándo regresará. Ahora la hija mayor no puede centrarse en sus estudios, el hijo del medio es propenso a arrebatos violentos, y la hija mediana se encuentra a menudo llorando en la antigua habitación de sus padres … “No tienen esperanza”, dijo el tío.
MSF ve cómo este tipo de detención administrativa, a través de la cual las personas pueden ser detenidas indefinidamente sin cargos, aumenta la violencia psicológica infligida a los niños palestinos. Mientras que el número de palestinos detenidos por Israel por presuntos delitos contra la seguridad rozaba, en 2014, el 24% del total de detenidos palestinos, esta cifra en 2015 sigue creciendo, y más familias están siendo separadas.  El Centro de Estudios de Prisioneros Palestinos asegura que el número de órdenes de detención administrativa emitidas por los tribunales militares israelíes en Cisjordania se ha disparado de las 51 emitidas en 2014, a 319 desde el inicio del año 2015.
La presencia del ejército israelí y su uso de la fuerza son la principal causa de los traumas psicológicos de nuestros pacientes en Cisjordania. Una revisión de los principales factores desencadenantes que resultan en la necesidad de tratamiento psicológico para nuestros pacientes, mostró que más de la mitad (52%) describen operaciones violentas de búsqueda de las FDI en sus casas, el 42% dicen que uno o más miembros de sus familias están actualmente encarcelados, y el 35% declaran que se ven afectados por la violencia indirecta, como tiroteos u operaciones de incursión de las FDI.
Como era de esperar, los niños sufren los peores efectos. La mitad de los 254 pacientes que recibieron atención en 2014 eran menores de 15 años, y el 25% eran menores de 10 años. El cincuenta por ciento de los niños que vemos dicen que tienen problemas para dormir, el 34% dicen tener ansiedad, el 28% tienen problemas para concentrarse, y el 21% dicen orinarse en la cama. Incluso nuestros psicólogos más experimentados están conmocionados por los niveles de trauma.
Luchas cotidianas
La violencia en algunas partes de Cisjordania es tan íntima como predecible. Visité Hebrón, en el sur de Cisjordania, un 23 de abril, día en que los israelíes celebran el Día de la Independencia y, por su parte, los palestinos conmemoran la Nakba, la “catástrofe”, su  desplazamiento forzoso fruto de la guerra contra el estado de Israel. Los colonizadores habían cubierto la mezquita central con la bandera israelí. Al día siguiente, un adolescente palestino apuñaló a un policía israelí y después fue asesinado.
Después de escalar una colina que domina la ciudad vieja, conocí a una mujer, una paciente de nuestro programa de asistencia. Aquejada por la diabetes, la hipertensión y la mala circulación, ha estado entrando y saliendo del hospital público durante años. Ella me contó que su familia había vivido en esa colina desde hacía más de 70 años, permaneciendo, un poco más allá de su puerta principal, incluso después de que se estableciera un asentamiento en 1984. En 2003, se le prohibió el uso de esa puerta.
Para ir al hospital, o simplemente salir de su casa, tiene que usar la puerta de atrás y caminar a través de un camino de tierra lleno de basura, dentro del asentamiento, para llegar a una ambulancia o al último coche que haya tenido que comprar (los colonos le han destruido sus cinco vehículos anteriores, dice ella). Un viaje al mercado que le solía tomar cinco minutos; ahora le ocupa media hora. El camino se inunda cuando llueve, pero el ejército israelí le dijo recientemente que no lo conectará a la línea de aguas residuales del municipio.
Lamentablemente, sus tormentos diarios no son excepcionales. Unos 170.000 palestinos viven en Hebrón, rodeados por unos 500 colonizadores israelíes protegidos por varios miles de soldados de las FDI estacionados en una ciudad salpicada con más de 120 obstáculos físicos, incluidos 18 puestos de control con personal permanente. Alrededor del 20% de la ciudad ha sido designada como áreas militares, desde donde el ejército israelí ejerce un control total sobre la libertad de circulación de los palestinos.
Los números hablan por sí solos: debido a los asentamientos, los caminos y puestos de control y los despliegues militares, los palestinos solo pueden habitar menos del 40% del territorio cisjordano. Se prevé que esto, junto a libertad de movimiento de los palestinos, solo tienda a empeorar. Existen planes para trasladarcomunidades beduinas a una zona al norte de la ciudad cisjordana de Jericó y de abrir un corredor que se extienda desde el este de Jerusalén hasta el Mar Muerto que sería inaccesible a los palestinos, Eso significará, en esencia, partir Cisjordania por la mitad.
Cuando ya me iba, la mujer cuya casa visité resumió el creciente surrealismo del estilo de vida en los territorios palestinos. “He estado en Chicago”, le susurró a nuestro intérprete, “pero nunca en Gaza”.
La miseria de Gaza
Ella no es la única. A los palestinos de Cisjordania rara vez se les concede permiso para viajar a Gaza. Es difícil imaginar que prefieran el sentido de la privación y el asedio que invade Gaza al que sufren ellos mismos, pero si pudieran visitarla, verían -como lo hice yo al caminar por Beit Hanoun, en el extremo norte de Gaza- que parece que la guerra del pasado verano recién acabara de terminar. Ni una sola estructura de las que fueron destruidas por esa campaña de 50 días ha podido ser reconstruida.
En la medida en que todavía se habla de la guerra fuera de la región, gran parte del debate, así como los informes de la ONU y de los derechos humanos, se centra en la conducta de los combatientes y la naturaleza de las hostilidades en 2014. Estos son temas importantes, pero no deben desviar la atención de la miseria actual de la población civil de Gaza a día de hoy.
Los números cuentan parte de la historia del impacto de la guerra. Setenta y un israelíes murieron, según el gobierno de Israel, incluidos cinco civiles. Según la comisión independiente de la ONU que investiga los conflictos de Gaza de 2014, 2.251 palestinos fueron asesinados, incluidos 1.462 civiles, de los cuales 299 eran mujeres y 551 eran niños. Unos 11.231 palestinos también resultaron heridos, entre ellos 3.540 mujeres y 3.436 niños.
Debido a la destrucción de edificios de viviendas, 142 familias palestinas sufrieron la muerte de tres o más miembros en el mismo incidente. El equipo médico, los transportes y el personal de Gaza fueron atacados repetidamente. Diecisiete hospitales, 56 centros de salud de atención primaria y 45 ambulancias fueron dañados o destruidos  y 16 trabajadores sanitarios de guardia, todos palestinos, murieron.
Sin embargo, el alto el fuego de agosto no significó el fin de las víctimas. El 15 de mayo, más de 50 personas fueron heridas cuando las municiones sin explotar explotaron en la ciudad de Beit Lahia. Con casi 7.000 bombas sin explotar abandonadas en Gaza por ambos bandos, es probable que esto suceda de nuevo.

Tiempo detenido
Balanceándose en lo alto de los edificios medio demolidos, los palestinos se han visto obligados a recoger basuras de las calles, alambre de cobre, y cualquier otra cosa que puedan usar de entre los montones de escombros.
Balanceándose en lo alto de los edificios medio demolidos, los palestinos se han visto obligados a recoger basuras de las calles, alambre de cobre, y cualquier otra cosa que puedan usar de montones de escombros. Todo es valioso, dado el bloqueo israelí actual de Gaza, que fue reforzado en octubre pasado cuando Egipto cerró el cruce de Rafah, en el sur de Gaza, y destruyó los túneles de contrabando que corrían por debajo de él, que habían proporcionado un salvavidas económico para los habitantes de Gaza. El gobierno egipcio reabrió el cruce a finales de junio, solo para cerrarlo de nuevo al cabo de tres días. Los materiales que Israel presume que se podrían poner a disposición militar, los llamados “de doble uso”, como el cemento, las barras de refuerzo, e incluso la madera, no se pueden importar sin la aprobación expresa de los militares. Los que tratan de construir usan arena para espesar la poco frecuente bolsa de cemento que haya podido introducirse en Gaza.
Otros tienen heridas de guerra que requieren cirugía reconstructiva y fisioterapia. Una niña de 8 años de edad, que conocí en nuestra clínica postoperatoria en la ciudad de Gaza, había perdido la mayor parte del uso de sus extremidades a causa de la metralla de un misil israelí alojado en su espalda. Todos los recuentos de víctimas del conflicto están en disputa, como era de esperar, pero podemos ver el claro predominio de los niños que participan en nuestros programas y que necesitan tanto cirugías relacionadas con la guerra y como recuperaciones fisioterapéuticas. Nuestro registro acumulado de los casos de cirugía reconstructiva suma 300 nombres.
Para aquellos que han sido sometidos a cirugía — y en particular los amputados— la fisioterapia es muy importante. Ya sea ambulatoria, o mediante el uso de una silla de ruedas, tienen que recorrer calles llenas de cráteres y con enormes trozos de edificios destrozados. Del mismo modo en nuestras clínicas los niños gritan mientras se les limpian las heridas y deben encontrar la manera de lidiar con el dolor debido a la prohibición que Hamás impuso sobre muchos analgésicos recetados; una medida que se dictó para atajar las altas tasas de adicción en Gaza.
¿Por qué molestarse con la esperanza?
La situación actual en Gaza pone al descubierto los límites insoportables de la acción humanitaria frente a la ocupación.
Los habitantes de Gaza demuestran gran capacidad de recuperación. En mayo, en medio de los escombros, algunos incluso organizaron un mini “festival de Cannes” que hizo resaltar la crisis humanitaria, allí y en todo el mundo. Pero un niño de 10 años de edad ya ha pasado por cuatro guerras y se cree que otra guerra será tan  inevitable como el paso de las estaciones. Con cada conflicto, la destrucción se intensifica. Por ejemplo, 12.410 viviendas fueron totalmente destruidas en 2014 frente a 3.425 viviendas en 2009.
De esta manera, se ha impuesto una especie de triste normalidad. La tasa de desempleo en Gaza ha aumentado al 44%. A pesar de que el 80% de la población de Gaza recibe algún tipo de ayuda, el 40% de la población vive en la pobreza.
Existe un presentimiento inevitable. De nuevo se están disparando cohetes desde Gaza hacia Israel, lo que termina en respuestas atronadoras de los israelíes. Estos actos violentos, llamados de resistencia en un lado y de terrorismo en el otro, sirven para reforzar la aceptación de una política deliberada de separación y de aislamiento.
Los delitos menores también siguen aumentando, de la misma forma que la soga  —hecha por el hombre— sigue estrechándose alrededor de Gaza. En menos de un año, se prevé que las aguas saladas del mar penetren en el único acuífero de Gaza y convierta su agua en no potable.  Mientras, los pescadores de Gaza son ametrallados con regularidad por la guardia costera israelí.
Trágicamente, todo esto está ocurriendo en ausencia de cualquier progreso significativo en el frente político. Como resultado, la comunidad de ayuda internacional, que incluye a MSF y países como Estados Unidos y Gran Bretaña, sigue subvencionando los costes y propagando la táctica de la ocupación. Los fondos internacionales suscriben los presupuestos de la Agencia de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina y las organizaciones no gubernamentales privadas, que en conjunto proporcionan cantidad suficiente para una red de seguridad social que, al parecer, mantiene el sufrimiento a un nivel aceptable.
Sin embargo, incluso este apoyo está en peligro. Un análisis llevado a cabo en abril sobre los compromisos de ayuda después de la guerra, a partir de las estadísticas publicadas por el Banco Mundial, reveló que solo 967 millones de los 3500 millones de dólares prometidos para la reconstrucción de Gaza habían sido entregados.
Ayuda e instigación
Ya se trate de las incursiones nocturnas y detenciones sin cargos en los alrededores de Nablus, el laberinto de muros y puestos de control en Hebrón, la partición de Jerusalén que corta el acceso a la atención médica para los pueblos palestinos, o el bombardeo aéreo mortal y el bloqueo en Gaza, la ocupación toma muchas formas, todas justificadas, inevitablemente,  a través de un discurso público sobre la seguridad para los israelíes.
Este es un relato que, aceptado, permitido y subvencionado a través de la ayuda internacional y los procesos de paz fallidos, ha reducido el “progreso” del conflicto entre israelíes y palestinos a mujeres jóvenes que pueden terminar las frases sin llorar, al número de camiones de cemento a los que se les permite entrar en Gaza, o a los traslados médicos palestinos facilitados a través del cruce de Erez.
Los temores israelíes a los ataques con cohetes desde Gaza se evidencian no solo en las nuevas normas de construcción de casas por parte de Israel –que obligan a disponer de un refugio antiaéreo-; también se refleja en el trauma provocado por las sirenas de alerta.
La amenaza constante de ataques mediante la construcción de túneles dentro de Israel también provoca ansiedad entre los que están en las zonas fronterizas con Gaza. Esta amenaza constante también provoca la ansiedad de todos aquellos que están en las zonas fronterizas con Gaza.
Pero estos temores no pueden justificar las consecuencias médicas y psicológicas devastadoras para los palestinos respecto a las barreras, los puestos de control, las campañas de bombardeo, los bloqueos y las incursiones. Estas medidas de protección de los israelíes deben examinarse hoy en términos de sus consecuencias humanitarias. Los israelíes y los partidarios de Israel deben cuestionar y confrontar el coste humano de las estrategias utilizadas para lograr esta seguridad. Y los gobiernos e instituciones internacionales, que -ya sea de forma explícita o tácita- quieran apoyar estas estrategias, deben hacer lo mismo, porque la devastación que han causado es innegable.
¿Complicidad humanitaria?
Los equipos de MSF en los Territorios Palestinos Ocupados (y otras zonas de guerra de todo el mundo) siempre están reflexionando sobre sus acciones con miras a garantizar que la ayuda no haga más daño que servicio. Por ahora vamos a seguir reparando las heridas físicas y psicológicas de los palestinos, a sabiendas de que otra guerra con Israel no puede estar ya muy lejos y que, ahora existe un gran número de personas que necesita ayuda.
Este es nuestro papel, que es constantemente cuestionado por nuestros equipos médicos en el terreno. En Palestina siempre se está luchando para ver la línea invisible que hay entre la complicidad con la ocupación y la negativa a no ignorar sus consecuencias. En última instancia, sin embargo, nuestra acción humanitaria se ha justificado constantemente como una respuesta a las necesidades de los palestinos atrapados en esta guerra sin fin.
Como ha sido el caso durante los últimos 15 años, nuestra presencia es nuestra protesta frente a una ocupación que ha adquirido un carácter casi permanente. Mientras que no hay escasez de sufrimiento en Gaza y Cisjordania, la aceptación internacional de lo inaceptable es ahora la forma más mortal de la ocupación para los palestinos, y no se percibe aún su fin.
Fuente: Jason Cone, Médicos sin Fronteras

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