Los niños olvidados de Gaza o cómo sobrevivir un día más

Un año después de la guerra, Gaza sigue siendo un desierto de escombros y dunas de piedra. Durante cincuenta días de cruda represión, las tropas israelíes sometieron a la ciudad a un correctivo brutal. 

Miles de niños sufren a diario los estragos del bloqueo y de la guerra en Gaza. Foto AFP.
Era la forma de dar un escarmiento a los palestinos por el secuestro y asesinato de tres jóvenes judíos. Otra vez la maldita ley del Talión. Hoy, en medio de una tregua tensa que puede romperse en cualquier momento, la población civil carece de los servicios públicos más básicos (la luz eléctrica escasea, también el agua potable) y pese a todo los gazatíes siguen haciendo su vida como si nada, en calles pestilentes donde se acumula la basura y el lodo, en casas sin paredes ni techos, en frágiles chabolas o en tiendas de campaña improvisadas en campos de refugiados, ante la indiferencia de la comunidad internacional que parece haberse olvidado definitivamente de ellos. Los niños siguen jugando en las calles pese al riesgo de pisar una bomba o morir sepultados tras un derrumbamiento, sin miedo a las ratas, y eso que hay una auténtica plaga de ellas en Gaza. Los roedores tampoco tienen miedo de los pequeños y corretean cerca de sus piernas tranquilamente. En Gaza los niños y las ratas han establecido una extraña relación de simbiosis. Ninguno teme al otro, ninguno ataca al otro, simplemente conviven y tratan de sobrevivir. Los auténticos enemigos son los misiles israelíes.
Una semana después del comienzo de los combates, Syed, un niño de 11 años, vio cómo su vida se hacía añicos por las bombas. Él, su hermano Mohamed y sus seis primos habían quedado para jugar al fútbol en la playa del Puerto de Gaza. “No sabíamos que era un lugar peligroso”, dice Syed, que aún recuerda con horror aquel fatídico 16 de julio de hace un año, una de las fechas negras de la guerra. Lo que iba a ser un día divertido de playa y fútbol terminó convirtiéndose en una pesadilla. Una bomba israelí estalló en ese mismo lugar, matando a Mohamed y a tres de sus primos. La investigación del Ejército judío concluyó que su fuerza aérea confundió a los niños con combatientes de Hamás. Syed y los otros tres pequeños que sobrevivieron todavía muestran las cicatrices en sus piernas. Cuando habla se muestra esquivo, desconfiado, signos evidentes de que aún sigue traumatizado por el suceso. Syed se apoya en la pared y se queda ensimismado, mirando la áspera superficie gris agrietada, como tratando de abrir un hueco por el que poder escapar de la pesadilla de la guerra. “Cuando nos sentamos juntos en la ambulancia pensé que Mohamed iba a vivir, y eso me hizo sentir un poco mejor. Pero, cuando llegamos al hospital, él había muerto”, asegura.
La gente malvive entre las mismas ruinas por donde las ratas campan a sus anchas, pero sin duda quienes peor lo pasan son los miles de niños que todavía duermen al raso o juegan entre los muros y vigas derribados por las bombas, ajenos a la tragedia que vive el país. Según cifras de Unicef, 540 niños palestinos murieron en los ataques israelíes, cerca de 3.000 resultaron heridos y en torno a 54.000 perdieron sus hogares. Unos 1.500 quedaron huérfanos de uno o ambos padres. Pero la falta de información en la zona hace sospechar que las cifras de afectados pueden ser mucho más elevadas que las barajadas por la ONU. Se estima que cerca de un millón de niños palestinos han sufrido directa o indirectamente las consecuencias de los bombardeos. Los que apenas tienen ocho años, ya han vivido tres guerras. Son veteranos del horror. La Operación Margen Protector, que Israel desplegó como escarmiento contra Hamás, terminó cebándose contra la población infantil y según la ONU uno de cada 5 civiles fallecidos es un menor de edad. El bloqueo militar ha hecho el resto, dejando a más de 1.800.000 hombres, mujeres y niños palestinos atrapados en la Franja de Gaza, una superficie de tan sólo 40 kilómetros de largo y 9,5 kilómetros de ancho. Una auténtica ratonera en la que se hacinan miles de personas.
Tres niñas gazatíes se dirigen al colegio por las calles encharcadas de la ciudad. Foto: Alun MacDonald.
El bloqueo que impone Israel ha hecho imposible la entrada en el país de los materiales de construcción necesarios para rehabilitar las viviendas afectadas por la devastación. Los hospitales están seriamente dañados, las pocas escuelas que quedan en pie no son más que viejos establos con techos agujereados por los proyectiles israelíes. Vivir un solo día en Gaza es un acto de heroísmo que los gazatíes soportan con dignidad. Las oenegés están preparando una campaña de emergencia en la que tratarán de implicar a los países donantes en la reconstrucción de la ciudad y de paso ejercer presiones para que Israel levante las fuertes restricciones y el bloqueo en Palestina. Pero cualquier iniciativa que se toma en la zona va a paso muy lento y mientras tanto los niños duermen a la intemperie, contrayendo enfermedades y traumas psicológicos de los que no podrán recuperarse jamás. La población de Gaza censada en 2013 ascendía a unos 761.221 habitantes, aunque esta cifra puede haberse visto diezmada, ya que la tasa de mortalidad aumenta a causa de los estragos de la posguerra.
Desde el final del conflicto, Israel solo ha permitido la entrada del 5 por ciento del material de construcción –barras de hierro, cemento y otros materiales– que se necesita para reparar los edificios. A este ritmo se tardarían 17 años en volver a levantar Gaza, siempre y cuando lleguen los 3,5 billones de dólares que hacen falta para reconstruir el país. Israel afirma que las restricciones se deben a razones de seguridad, pero Naciones Unidas y el Comité Internacional de la Cruz Roja ya han denunciado que este bloqueo en la región es una violación de la legislación internacional y de los derechos humanos.
La diplomacia embarranca, la población sufre
Israel insiste en que sus misiles no apuntan directamente contra objetivos civiles, pero Gaza es un espacio estrecho, densamente poblado y ahora mismo un lugar peligroso donde los niños no tienen dónde esconderse. Hamás y otros grupos armados niegan que hayan usado a civiles como escudos humanos, pero hay testigos que dicen haber visto cómo la población civil es empleada para tales fines macabros. “Por el hijo que perdí, mis lágrimas nunca se secan”, dice la madre de Syed, que ahora tiene pesadillas nocturnas. Al niño le cuesta trabajo dormir y no quiere ir a la escuela porque le recuerda a su hermano muerto. Incluso el mar, la playa, antes un lugar de juego y felicidad, se ha convertido en un territorio hostil para él. “Yo nunca solía tener miedo, pero ahora sí”, dice el pequeño nerviosamente.
Un niño llora en lo que queda de su casa reducida a escombros. Foto: BBC.
La ONU estima que cerca de 400.000 niños pueden necesitar terapia psicológica urgente por los traumas de la guerra, un apoyo emocional que nunca llega. Syed ha seguido algunas sesiones en el programa de salud mental de la comunidad de Gaza, pero no es suficiente para superar lo que vivió. Los niños no suelen confiar demasiado en este tipo de tratamientos, ya que son muy conscientes de que la guerra puede llegar de nuevo en cualquier momento. Para ellos vivir bajo las bombas es lo normal. Un informe publicado recientemente por Save the Children asegura que la gran mayoría de los niños de Gaza siguen experimentando pesadillas y trastornos emocionales. Las mutilaciones, las cicatrices y las heridas físicas son dolorosas, pero aún lo son más las secuelas psicológicas. El escritor Mario Vargas Llosa describió con estas palabras el horror que vio durante su visita a Gaza: “Me he sentido asqueado y sublevado por la miseria atroz, indescriptible, en que languidecen, sin trabajo, sin futuro, sin espacio vital, en las cuevas estrechas e inmundas de los campos de refugiados o en esas ciudades atestadas y cubiertas por las basuras, donde se pasean las ratas a la vista y paciencia de los transeúntes, esas familias palestinas condenadas sólo a vegetar, a esperar que la muerte venga a poner fin a esa existencia sin esperanza, de absoluta inhumanidad, que es la suya”.
Los efectos devastadores de los bombardeos se notan no solo en las personas, sino también en la ciudad. Cerca de 20.000 casas destruidas siguen sin reconstruirse y más de 100.000 personas viven como desplazadas o refugiadas. La casa de Samar, una niña de doce años, se encuentra en un bloque de viviendas en ruinas a pocos metros de la frontera con los israelitas. “Nunca me imaginé que sería tan malo,” dice mientras jadea. Ella y sus hermanos vagan por las habitaciones agujereadas por las bombas como quesos de gruyer. “Teníamos el sueño de crecer aquí con nuestros padres”, dice mientras trata de encontrar el equilibrio sobre un montículo de polvo y hormigón. No lo consigue, se derrumba y rompe a llorar. Samar y su familia se refugiaron en una escuela de la ONU, pero su padre murió y su madre resultó gravemente herida cuando los misiles israelíes cayeron sobre el edificio. Israel asegura que sus proyectiles se dirigen solo contra instalaciones de Hamás y que son los terroristas los que colocan a los niños como escudos humanos. Una explicación que no convence a la comunidad internacional.
Abdulrahman, de 12 años, hijo de un combatiente de Hamás, perdió a 17 miembros de su familia. Quince casas de su barrio fueron destruidas. “Si nos asedian, vamos a golpear con más cohetes”, declara con el odio de cien hombres. Pero enseguida asoma en su rostro la tristeza de un niño que ha visto todo su mundo reducido a montones de escombros. “¿Es correcto que los niños de todo el mundo vivan y jueguen en la comodidad y seguridad mientras nosotros vivimos con la muerte y la destrucción?”, pregunta Abdulrahman.
Niños pidiendo comida en las calles devastadas de Gaza. Foto: AP. Adel Hana.
“El desgaste físico y psicológico que la violencia supone para los menores es casi indescriptible”, dice Pernille Ironside, jefa de la oficina de Unicef en Gaza. “Ven a otros niños muertos, heridos, mutilados y quemados, además de estar profundamente aterrorizados. Las consecuencias son mucho más graves que en conflictos anteriores”, añade. Ironside habló con Shayma, de 4 años, para tratar de ayudarla a superar el trauma. “La niña extrañaba a su madre y a sus hermanos, todos los cuales murieron mientras buscaban refugio cuando abandonaron su casa en busca de un lugar más seguro; sólo ella y su padre sobrevivieron”, dice Ironside. “¿Cómo le dices a un niño de cuatro años que la mayoría de su familia ha muerto?”. La violencia se ha cobrado las vidas de familias enteras. Un caluroso día de julio, los misiles de Israel volvían a zumbar sobre la ciudad. Al menos 25 miembros de la familia Abu Jamaa morían en un ataque aéreo contra su casa mientras comían el iftar, la cena que rompe el ayuno diario del Ramadán. Dieciocho de los muertos eran niños de entre 4 meses y 14 años.
Desde que se impuso el bloqueo en junio de 2007, los cinco pasos fronterizos controlados por Israel entre la Franja de Gaza e Israel o Cisjordania están cerrados. El paso terrestre restante, en Rafah, en la frontera entre Gaza y Egipto, está controlado por las autoridades egipcias y también permanece cerrado la mayor parte del tiempo. Estos cierres impiden la entrada y salida de la población palestina de forma casi absoluta, salvo en casos humanitarios excepcionales. De esta manera, Gaza se ha convertido en una especie de gueto de donde resulta imposible escapar. Una trampa, una ratonera, una ciudad de exterminio donde las gazatíes van cayendo como moscas por culpa del hambre y las enfermedades.
Un niño sentado en medio de los escombros mira los restos de la casa de sus vecinos. Hay cacharros de comida entre los escombros, una muñeca rota y trozos de muebles esparcidos por doquier. Retazos de lo que antes eran vidas humanas. La infancia de muchos de los niños está siendo destruida, y algunos comienzan a mostrar cicatrices emocionales de las que no se podrán recuperar jamás. Solo hay una cosa segura: el odio acumulado en sus corazones de niños tras una infancia de guerra estallará probablemente cuando se hagan mayores. “Por lo general, los niños son muy resistentes y se recuperan, pero cuando pasan por muchos episodios violentos, la violencia en sí misma se convierte en la nueva normalidad; es probable que la repitan en la vida adulta”, dice Bruce Grant, jefe de Protección de la Infancia de Unicef para el Estado de Palestina. Equipos de apoyo psicosocial de emergencia de esta oenegé están tratando a los niños sobre el terreno, niños que han perdido a sus seres queridos y que intentan rehacer sus vidas. La escuela sería una primera salida para que pudieran empezar a superar el trauma, pero 130 colegios han sufrido daños irreparables por las bombas; además, algún que otro centro escolar ha sido tomado por los grupos armados palestinos para almacenar cohetes, haciendo caso omiso a las peticiones de la ONU sobre la neutralidad de las escuelas.
“Hay noticias de ataques aéreos a nuestro alrededor, algunos cercanos y otros lejanos, pero la escuela es mejor que mi casa. Siento que si voy a casa voy a morir “, dice Qamar, de 20 años, cuyo nombre significa Luna. Tuvo que huir de los combates que se produjeron en su barrio antes de buscar refugio con su familia en la escuela básica Hamama de la ciudad de Gaza. “No sé si mis amigos están vivos”, dice con pesar.
La guerra ha destruido miles de casas en Gaza. AP. Khalil Hamra.
El desabastecimiento es la lucha diaria en Gaza. “Aunque Israel permite la entrada de algunos envíos de agencias internacionales de ayuda humanitaria, estos suministros están estrictamente limitados y sufren frecuentes retrasos. Las agencias de la ONU calculan que los costes adicionales de almacenamiento y transporte causados por los retrasos debidos al bloqueo sumaron alrededor de cinco millones de dólares en 2009”, aseguran los informes de Unicef y de Amnistía Internacional. La mitad de la infraestructura de agua y saneamiento ha dejado de funcionar por los estragos de la guerra. Dos tercios de la población se han quedado sin acceso al agua potable. Varios pozos, la principal estación de bombeo de aguas residuales y la planta primaria de tratamiento hídrico sufrieron daños importantes. Hoy parece claro que los bombardeos israelíes no cayeron solo sobre instalaciones militares de Hamás, sino que el objetivo era minar deliberadamente la moral de la población atacando los servicios públicos básicos para el funcionamiento de la ciudad. En algunas zonas, las aguas residuales se desbordaron en las calles y en los campos, contaminándolos, lo que aumentó los riesgos para la salud de las personas, sobre todo de los niños. Desde que terminó la guerra muchos cultivos se riegan con aguas fecales. El desempleo masivo, la pobreza extrema y la subida del precio de los alimentos causada por la escasez han hecho que cuatro de cada cinco habitantes de Gaza dependan de la ayuda humanitaria. Los centros médicos sufren la escasez de personal, de equipos y medicamentos debido al bloqueo. Tras el cierre por Israel de los pasos fronterizos, las personas con dolencias que no podían ser tratadas en Gaza se vieron obligadas a solicitar permisos para salir del territorio a fin de recibir tratamiento en hospitales extranjeros o en hospitales palestinos de Cisjordania. Las autoridades israelíes suelen retrasar o denegar estos permisos; muchos han muerto mientras esperaban la licencia para salir del territorio y recibir tratamiento fuera del país. En no pocas ocasiones, los funcionarios de fronteras israelíes han obligado a dar la vuelta, sin mayores explicaciones, a los camiones de la Organización Mundial de la Salud que transportaban equipos médicos destinados a los hospitales de Gaza.
En medio de este infierno, los niños acaban siendo captados por los terroristas de Hamás. Son presa fácil, carne de cañón para los fanáticos fundamentalistas que les prometen un cielo mucho más soportable que el valle de lágrimas en el que agonizan. “Solo soy un niño”, se lamenta Ezadine, de nueve años, “pero ahora uno tiene que ir a la yihad”. Ezadine es un niño como cualquier otro, incluso escucha música con sus auriculares, pero ya habla y entiende de política. “Todos estamos listos para morir por nuestro país”, dice Jalal, de 14 años. A Ezadine y a Jalal les han lavado el cerebro. Entre las ruinas no solo hay ratas, también terroristas dispuestos a ponerles un chaleco-bomba a los niños sin futuro que malviven solos y abandonados, sin familia que los cuide, en las calles destruidas.
Amer Oda, al igual que cada habitante de Gaza, se pregunta: “¿A dónde puedo ir? Esto se ha convertido en la vida normal para nosotros”, dice mientras carga a Dima, su hija de cuatro años, una niña que a su corta edad ya sonríe con una sonrisa amarga de adulto. “Esto es lo único que conocen nuestros hijos”. A pocos metros de ellos, tres muchachos de una misma familia murieron por un ataque anunciado de antemano por Israel (una táctica militar conocida en el ejército judío como dar un “golpe en el techo”). Los chicos estaban jugando con las palomas en el tejado, como hacen muchos niños de Gaza, cuando los misiles explotaron sobre ellos. Un golpe en el techo y todo se acabó.
El bloqueo lleva a la carencia y a la miseria. Se aplican planes de racionamiento con prioridad para hospitales y panaderías. Jabón, medicinas, material escolar y agua potable se han convertido en productos de lujo en Gaza. Según la ONU, más del 60 por ciento de las familias sufren malnutrición. La luz se corta entre 8 y 12 horas al día. Al atardecer, la ciudad queda sumida en un mundo tenebroso por el que se mueven sombras famélicas. “Odio tanto el futuro…”, se lamenta Daad, de 11 años. Lleva un alegre vestido rosa, un contraste irónico con el gris hormigón de los edificios derruidos. Todavía hoy sufre horribles pesadillas. “Es posible que vivamos o es posible que muramos”, asegura resignada mientras camina tortuosamente y se trastabilla entre las montañas de escombros. En Gaza, a muchos niños como ella todavía les queda un largo calvario por delante.
Fuente: Adrián Durante, Gurbrevista.com

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