La batalla que entierra una revolución

Bachar El Asad en una entrevista para la televisión rusa, este martes en Damasco.  EFE
En la historia de las guerras, suele ocurrir que al cabo de unos años una batalla vale por todo un conflicto. Aunque su trascendencia no haya sido tanta, como la batalla del Ebro en la Guerra Civil española, o ni siquiera haya existido tal batalla, como la de Argel en la Guerra de Liberación argelina. Pero en Siria, una vez más, las leyes de la guerra, las escritas y las no escritas, han saltado por los aires. Y la batalla de Alepo pasará a la historia, con razón y por desgracia, como la que enterró la revolución siria.
El sitio del este de Alepo ha durado dos años y medio. En este tiempo, más de 250.000 sirios se han convertido en objetivo de las milicias afines al régimen de Al Asad. El fuego indiscriminado de los milicianos chiíes iraquíes, de los partisanos del Hizbolá libanés, de los comandos iraníes y de la aviación rusa han hecho de los barrios del este de la ciudad una ratonera dantesca. Ni una tregua ni un corredor humanitario se han respetado. Los hospitales y los equipos de rescate han sido objetivo militar, mientras la ONU y el resto del mundo volvían la cabeza o, como mucho, lanzaban inertes lamentos. Los barbudos yihadistas, que se supone parapetados en Alepo, han servido de excusa para que la “comunidad internacional” se inhiba hasta emocionalmente, y la línea divisoria entre buenos y malos se ha ido difuminando. Tal y como calculó El Asad astutamente cuando en 2012 dejó salir de las cárceles a los cabecillas yihadistas que han islamizado la guerra.
Por eso conviene recordar que la revolución siria fue un alzamiento popular, pacífico y hasta festivo en sus manifestaciones callejeras. Que el pueblo se levantó en contra de la dictadura y de la oligarquía asadiana. Que el régimen supo desde el principio que su fin estaba cerca si no internacionalizaba e islamizaba el conflicto. Y que ha sabido gestionarlo. Alepo es la culminación de su estrategia. Con la caída de la ciudad rebelde se certifica el fin de la revolución: el futuro de Siria, por más negro que sea, contará con Al Asad, el dictador contra el que se levantó el pueblo.
Pero ese futuro en absoluto va a traer la estabilidad que Occidente sueña, ni siquiera en versión Trump-Putin, mucho menos civilizada que la versión ONU. Se ha llegado a esta situación porque el clan de los Asad ha manejado a su antojo la política siria durante medio siglo. Sin embargo, ya no volverá a ser así. El Asadque viene será rehén de quienes han ganado la batalla de Alepo, Rusia e Irán, que se disputarán el control de un país aniquilado sobre el que sobrevuelan las aspiraciones hegemónicas del resto de potencias de la región.
Luz Gómez es profesora de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.

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