Activista israelí que se niega a servir en el ejército israelí: “No podría llevar un uniforme que representa muerte y opresión"
es.amnesty.org, 24 de marzo de 2025
Itamar Greenberg es un objetor de conciencia israelí de 18 años que ha sido repetidamente encarcelado y ha cumplido cinco condenas consecutivas en la prisión militar de Neve Tzedek, en el centro de Israel, por rehusar incorporarse al ejército israelí tras ser llamado a filas para cumplir el servicio militar obligatorio. Aquí explica por qué se niega a servir en el ejército israelí.
Me llamo Itamar Greenberg, tengo 18 años y soy activista en favor de la reconciliación, la igualdad y la justicia. Hace dos semanas salí de una prisión militar israelí después de haber cumplido 197 días de reclusión por rehusar incorporarme al ejército israelí.
Crecí en el seno de una familia judía ultraortodoxa (jaredí) en Bnei Brak. La comunidad jaredí de Israel, que representa el 14% de la población, es una comunidad aislada. En mi entorno, el servicio militar no era una posibilidad siquiera, por motivos estrictamente religiosos.
A los 12 años me di cuenta de que, siendo un niño jaredí, la única forma que tenía de integrarme en la sociedad mayoritaria israelí era incorporarme al ejército. Mi recorrido desde ese descubrimiento hasta mi última salida de prisión estaba lleno de profunda reflexión y conflictos internos entre la propaganda nacionalista y el pensamiento racional y ético.
Empecé a hacerme preguntas, no sólo sobre la fe religiosa en la que me había criado, sino también sobre la humanidad y sus consecuencias.
Para la mayoría de los israelíes, el servicio militar no es sólo una obligación jurídica sino casi una necesidad, un signo de orgullo y prestigio. Pero, cuando supe más sobre el papel del ejército israelí en el control y la represión de millones de personas palestinas, comprendí que alistarse no era sólo abrir una puerta de entrada a la sociedad israelí, sino también participar activamente en un sistema de violencia, dominación y opresión.
Me di cuenta de que, si me alistaba, entraría a formar parte del problema. Y entendí que se me planteaba un dilema: o la sociedad mayoritaria israelí o la moralidad. Escogí la moralidad.
Esta decisión no fue el resultado de un momento trascendental sino, más bien, la culminación de un largo proceso de aprendizaje y consideración moral. Cuanto más aprendía, más seguro estaba de que no podía llevar un uniforme que representa muerte y opresión.
Todo esto se refiere a mi objeción en el contexto de la ocupación. Pero, en mi caso, negarme a servir en el ejército también tenía que ver con el genocidio: Me negué porque no quería participar en la comisión de un genocidio. Soy lo que se llama un refusenik (término para designar a los objetores y objetoras de conciencia en Israel) del genocidio.
En Israel, negarse a servir en el ejército por razones políticas y morales tiene un alto coste personal. Socialmente puede acarrear ostracismo y vergüenza. Legalmente, dado que el servicio militar es obligatorio, rehusar incorporarse a filas por motivos de conciencia se sanciona con prisión (con algunas excepciones, como la ciudadanía palestina de Israel). Un coronel del ejército israelí me condenó repetidamente a prisión militar. Cumplí 197 días en total, repartidos en cinco condenas. Hasta las horas finales de mi reclusión, no tenía ni idea de cuántos meses más de cárcel me esperaban.
Las condiciones en la prisión militar son duras. Hubo veces en que me pusieron en aislamiento debido a las amenazas de otros internos. Cada día me obligaban a permanecer en posición de firmes durante unas cuatro horas.
Aun así, leía, pensaba y escribía. Y gracias a eso pude aclarar mis ideas. Sabía que estaba haciendo lo correcto y tenía un profundo sentimiento de paz.
Sabía que podía quedar en libertad en cuanto quisiera, sólo tenía que aceptar servir en el ejército. Pero, ¿cómo iba a hacerlo, cuando afuera se estaba llevando a cabo una campaña de limpieza étnica y destrucción?
Niños y niñas viven con temor constante por su vida, sumidos en un terror existencial, no por nada que hayan hecho, sino sólo por ser palestinos. Decidí entrar en una celda de prisión como acto de solidaridad con estos niños y niñas, y no iba a pedir mi liberación ante ellos, de ningún modo.
O puede que entrara en esa celda para no tener que matarlos.
Itamar Greenberg. © Private
En cualquier caso, mi encarcelamiento duró tanto porque me negué a solicitar cosas como la exención por motivos médicos o de salud mental. No me parecía que pudiera pedirles otra cosa que el fin de la masacre de Gaza. Al final se rindieron [el ejército israelí]. Se dieron cuenta de que no iba a mentir sobre mi estado mental ni iba a presentar otro tipo de solicitud para mi liberación.
Mi negativa también tuvo un precio a efectos prácticos. En Israel, el ejército no es simplemente una institución militar, sino la puerta de entrada a la sociedad. Quienes no sirven en él reciben automáticamente un trato de ciudadanos de segunda clase. Se cierran puertas, se pierden oportunidades, y el mensaje es evidente: si no eres parte del sistema, no tienes cabida en él.
Mi negativa no era simplemente una decisión personal sino una declaración política, y la sociedad israelí reaccionó en consecuencia.
Por un lado, activistas y miembros de la izquierda radical expresaron su apoyo. Por el otro, la inmensa mayoría de la sociedad israelí me considera un traidor. Me han llamado antisemita y simpatizante de los terroristas.
Incluso en mis círculos íntimos, no siempre ha sido fácil. Un grupo reducido de amigos tuvieron dificultades para aceptar mi postura y cortaron la relación conmigo.
Pero yo creo que mi negativa no es sólo una lucha personal. Es parte de una lucha más amplia, contra el militarismo, contra la opresión y contra una realidad donde la violencia es la respuesta por defecto.
La violencia no sólo debería dejar de ser la respuesta por defecto, sino que tendría que descartarse por completo.
En general, la diferencia entre humanistas y fascistas es, cómo no, la fe en el humanismo.
Sin embargo, como sabemos, incluso quienes creen en el fascismo tienen una semilla de bondad en su interior.
Por supuesto, su creencia en el fascismo no nos otorga el derecho a privar a estas personas de sus derechos humanos fundamentales… porque no queremos volvernos fascistas nosotros mismos.
Nuestro derecho a luchar por la justicia nace de nuestro compromiso de actuar justamente.
La realidad entre el río y el mar viene a confirmar que esta lucha es crítica. No podemos construir una sociedad justa sobre los cañones de las armas.
Ni los homicidios masivos ni el apartheid son —ni pueden ser— una vía hacia la “seguridad”; son crímenes contra la humanidad.
Mientras redacto estas líneas, Israel “ha abierto las puertas del infierno en Gaza” una vez más, lanzando ataques aéreos masivos sobre Gaza el 18 de marzo que han matado a niños y niñas, a familias enteras, mientras dormían.
En todo el mundo se hablará del genocidio que Israel está cometiendo. Seguirán publicándose informes, artículos e investigaciones.
La comunidad internacional no puede limitarse a “expresar preocupación”.
Deben suspenderse las exportaciones de armas a Israel. Deben ser procesados los dirigentes israelíes responsables de crímenes de derecho internacional. Y debe ponerse fin de inmediato al genocidio y el apartheid.
En este punto debería incluir unas palabras de esperanza.
Pero no hay tiempo para soñar.
Es tiempo de resistir.