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lunes, 16 de marzo de 2026

«Una película que se resiste al olvido» .equator.org


 Fotograma de *La voz de Hind Rajab* 


«Una película que se resiste al olvido»
equator.org, 14 de marzo de 2026


En enero de 2024, la historia de una niña atrapada en un coche en la Franja de Gaza y asesinada por las fuerzas israelíes conmocionó al mundo. Las llamadas desesperadas —y, en última instancia, en vano— de Hind Rajab a un centro de rescate constituyen la columna vertebral de La voz de Hind Rajab, una película devastadora de la directora tunecina Kaouther Ben Hania, que opta este domingo al Óscar a la mejor película internacional. En vísperas de los Óscar, Ben Hania nos habló desde Los Ángeles sobre la empatía, el espectáculo y las complejidades de rodar una película durante el genocidio.

Equator: Ver su película es una experiencia incómoda. Uno siente ira, resentimiento, incluso náuseas. Cuando Hind dice que no puede respirar, uno se siente claustrofóbico, asfixiado. Estas sensaciones se alojan en el cuerpo. ¿Hasta qué punto fue esto intencionado?

Kaouther Ben Hania: Yo sentí lo mismo cuando escuché por primera vez la voz de Hind. Así que sí, fue intencionado. La industria del entretenimiento presenta el cine como un escape. El arte es muchas cosas, pero en este caso no es un escape; es un recordatorio de lo que ocurrió, un llamamiento a recordar a esta niña. La incomodidad es esencial. Para mí, la cuestión formal era: ¿cómo se puede abordar lo inconcebible? ¿Cómo se puede retratar un genocidio en la pantalla?

Equator: Visualmente, no caes en la tentación del espectáculo. Como espectadores, tenemos que echar mano de nuestra imaginación para evocar lo que ocurre fuera de la pantalla, ya que toda la película transcurre dentro de un centro de llamadas de la Sociedad de la Media Luna Roja en Ramala. Es decir, en una oficina...

Ben Hania: Sí, decidí conscientemente no filmar el coche, ni el tanque, ni la sangre. Todo eso queda fuera del encuadre. Está implícito en el sonido de la voz de Hind. Como dices, no quería caer en el sensacionalismo en torno al asesinato de una niña. Quería estar con quienes intentaron salvarla. La violencia gráfica ya está presente en todas partes, ¿sabes? Me interesa más hablar de algo más sutil y silencioso, que es la violencia sistémica: todos los procesos kafkianos impuestos por la ocupación. El hecho de que la ambulancia que partió para rescatar a Hind nunca pudiera llegar hasta ella. Esto también es violencia, pero no es violencia espectacular. Es lo que llamamos apartheid: un sistema de leyes específicas para los palestinos. Este es el tipo de violencia que no encontrarás en las noticias. Quería hablar de cómo el sistema está diseñado para matar a esta niña.

Equator: Hiciste esta película durante un genocidio. ¿Recibiste alguna crítica por hacerla ahora o por hacerla en absoluto?

Ben Hania: Mucha gente me dijo que era demasiado pronto para hacerla: «No se puede hacer una película sobre un genocidio cuando el genocidio está en curso». Yo, por supuesto, pensaba en todas las películas que se han hecho sobre la Segunda Guerra Mundial. ¿Debería esperar 10 años? ¿20? ¿Y esperar a qué? Las cosas van de mal en peor. Mi idea era hacer esta película ahora porque quizá, solo quizá, pueda ayudar a cambiar la percepción sobre Palestina y los palestinos. Soy cineasta, no un responsable político ni un político, ¿sabes? Esto es lo que puedo hacer.

Equator: Hay diferencias importantes entre la situación actual y la Segunda Guerra Mundial...

Ben Hania: Las hay. Para empezar, entonces no teníamos imágenes que llegaran desde la zona de guerra. Los palestinos se están grabando a sí mismos mientras los matan. En este sentido, no es una película sobre la historia; es una película sobre el presente.

Equator: Tienes experiencia en el mundo del documental. Elegiste no hacer un documental puro.

Ben Hania: He hecho documentales, he hecho películas narrativas y he hecho películas híbridas. Cuando eres cineasta, estudias todas las posibilidades. El documental tiene sus límites. Es un modelo explicativo. En este caso concreto, ya contamos con importantes investigaciones de Al Jazeera y Forensic Architecture sobre el asesinato de Hind. Los palestinos ya están hartos de dar explicaciones. Yo buscaba algo nuevo.

Equator: Hay un momento en el que vemos imágenes de teléfono móvil grabadas por los propios trabajadores de la Media Luna Roja, en el que la vida real irrumpe en la película. Leí en alguna parte que te encanta la película de Abbas Kiarostami Close Up (1990), quizás el híbrido definitivo entre el documental y la ficción.

Ben Hania: Todavía era estudiante de cine cuando vi Close Up por primera vez. Yo también escribí mi tesis en la universidad sobre la frontera entre el documental y la ficción, así que me interesaba mucho esa zona sin ley, como la frontera entre dos países, en la que no sabes si estás de un lado o del otro. La película de Kiarostami supuso, digamos, un impacto estético. Me pareció genial. Es la película perfecta que utiliza las herramientas del cine para contar una historia sobre el cine, ¿sabes?

Equator: ¿Puedes contarnos un poco sobre tu relación con la madre de Hind, Wesam Hamada?

Ben Hania: La llamé antes de decidir hacer la película. Para mí, ella tenía que tomar la decisión. Es una mujer increíble. Es muy resiliente. A pesar de esta horrible situación, siente que tiene que cuidar de otros niños en Gaza, así que está poniendo en marcha una organización benéfica para huérfanos y personas amputadas. 

Equator: ¿Estará ella en los Óscar?

Ben Hania: Actualmente, los palestinos tienen prohibida la entrada en EE. UU., así que no, no estará. Uno de nuestros actores, el gran Motaz Malhees, que interpreta a Omar, tiene el mismo problema. Los demás actores tienen otros pasaportes, así que estarán presentes. ¿Qué puedo decir? Se ve cómo la injusticia se prolonga hasta el final.

Equator: Resulta inusual e importante que una película que aborda un genocidio en curso sea reconocida así en los Óscar, nada menos que en un país que es cómplice. ¿Podría esto reflejar un cambio?

Ben Hania: Quizás. Pero recuerda que hay muchas Hind Rajabs. Pienso en esas niñas asesinadas en su escuela primaria en Irán. Mi esperanza es que la película sirva de herramienta, o forme parte de un cambio más amplio en la opinión pública. Una película que se resista al olvido.

martes, 3 de enero de 2023

'Farha', una historia palestina


 

'Farha', una historia palestina

Teresa Aranguren

30 de diciembre de 2022
 


infolibre.es

Farha, la película de la directora jordana de origen palestino, Darin J Sallam, ha sido candidata al Oscar por Jordania en la categoría de mejor película extranjera de este año, pero si usted quiere verla a través de la plataforma Netflix, que cuenta con los derechos de exhibición, no le va a ser fácil. Se diría que está escondida o al menos que se necesita ponerle cierto empeño para acceder a ella, y si usted acude a San Google que todo lo sabe y pone el título de la película, se encontrará con esta curiosa entrada: “el truco para poder ver Farha en Netflix”. O sea que hace falta truco o ¿quizás trato?  No es que no haya mucho interés en que la película se vea, sino que hay mucho interés en que no se vea

Farha forma parte de la historia oculta, mejor dicho, ocultada, de Palestina. Es una historia real o, tal como figura en los títulos de crédito, “basada en hechos reales”, los que ocurrieron en Palestina durante los meses previos y posteriores a la creación del estado de Israel, es decir la expulsión en masa de la población autóctona, tanto musulmanes como cristianos, de sus tierras.  Los árabes lo llamaron Nakba, que quiere decir catástrofe, así fue como lo vivieron las gentes de Palestina, una catástrofe que de la noche a la mañana los convirtió en refugiados, pero el término apropiado es otro: lo que ocurrió en Palestina desde diciembre de 1947 y a lo largo de todo el año 1948 no fue una catástrofe sino un crimen, una atroz operación de limpieza étnica llevada a cabo por milicias sionistas, luego ejército israelí. La cronología es importante para desmontar determinadas ideas muy asentadas en la opinión pública occidental que buscan si no negar los hechos, algo harto difícil ya que todo lo ocurrido en Palestina en esas fechas está muy bien documentado, sí suavizarlos, diluir la responsabilidad de los autores tras un aura de inevitabilidad trágica en la que no hay culpables y el crimen es simple fatalidad. De modo que la salida en masa de la población palestina de su tierra se presenta no como resultado de una operación planificada de “vaciado del territorio” sino del caos de la primera guerra árabe-israelí que estalló tras la proclamación del estado de Israel el 15 de mayo de 1948. Pero basta mirar las fechas y los datos para comprobar que la expulsión masiva de población palestina comenzó mucho antes, en concreto en la primera semana de diciembre de 1947 y que, para mayo de 1948, más de 300 mil personas habían sido ya expulsadas de sus pueblos y aldeas. En realidad, las peores matanzas destinadas a sembrar el terror y provocar la huida de la población se llevaron a cabo en esos meses previos a la proclamación del estado de Israel.  Una de las más conocidas es la perpetrada por milicias del Irgún y del Lehi en la localidad palestina de Deir Yasin, el 9 de abril de 1948. El delegado de Cruz Roja en la zona Jacques Renyer fue el primero en llegar a la aldea cuando los atacantes aún seguían allí y lo describió así en A Jerusalem un drapeau flottait sur la ligne de feu: “Entre la tropa había algunos muy jóvenes, casi adolescentes, todos en vestimenta militar y con casco, hombres y mujeres armados hasta los dientes con  pistolas, metralletas, granadas y también grandes cuchillos, la mayoría aún ensangrentados, una joven muy bella me mostró el suyo aún goteando sangre como un trofeo... Me abrí paso entre ellos y entré en una casa. La primera habitación estaba a oscuras con todo en desorden, pero en la habitación contigua encontré bajo los muebles y los colchones reventados varios cadáveres ya fríos. La operación de limpieza la habían hecho primero con ametralladoras, después con granadas y finalmente con los machetes sin ninguna preocupación por que no se descubriese. La misma escena encontramos en la siguiente habitación, pero en el momento en el que iba a salir escuché lo que parecía un suspiro. Removí los cadáveres hasta que toqué un pequeño pie que aún estaba caliente. Era una niña de diez años, estaba malherida por una granada, pero aún viva… Revisamos las otras casas y en todas encontramos el mismo espeluznante escenario. Sólo encontramos otras dos personas vivas, dos mujeres, una de ellas una anciana acurrucada entre los fogones, llevaba horas escondida allí…

Años después, Menahen Begin, que había sido dirigente del Irgun y que en los años 80 llegaría a ser primer ministro de Israel, se refirió a la matanza de Deir Yasin como “una batalla sin la que no hubiéramos logrado nuestro estado”. 

En realidad, los atroces acontecimientos ocurridos en esas fechas en Palestina están muy bien documentados, tanto a través de fuentes árabes como europeas y, a partir de los años 80 cuando se desclasificaron los documentos del ejército israelí, también por historiadores israelíes. Sabemos las fechas y los lugares de las matanzas, los nombres de las localidades destruidas y hasta las órdenes que se dieron a las brigadas que llevaban a cabo las operaciones de limpieza, tal como lo recoge el historiador israelí Ilan Papé en su libro La limpieza étnica en Palestina“Estas operaciones pueden llevarse a cabo de la siguiente manera: ya sea destruyendo las aldeas (prendiéndolas fuego, volándolas y poniendo minas entre los escombros ) o bien  organizando operaciones de peinado y control según estas directrices: se rodean las aldeas, se realiza una búsqueda dentro de ellas y en caso de resistencia los efectivos armados deben ser liquidados y la población  expulsada fuera de las fronteras del estado".

La historia de Farha, que en la vida real se llama Radiyeh, se parece  a muchas otras que todo refugiado palestino guarda en la memoria y a alguna de las que yo escuché en los años 80 en el campo de refugiados de Irbid en Jordania; la de Samira, por ejemplo, que tenía 12 años cuando el ejército israelí expulsó a la población de la ciudad de Lidda entre el 10 y el 12 de julio de 1948:  “Los soldados entraron en nuestra casa y en las casas de nuestros vecinos y nos obligaron  a permanecer en una habitación mientras registraban y destrozaban los muebles.  Se llevaron a mi padre y a muchos otros hombres, creo que los encerraron en la mezquita... Al día siguiente nos sacaron a empellones de nuestra casa, todos gritábamos y llorábamos. Nos dijeron que teníamos que ponernos en fila y caminar por la carretera hacia Jordania. Éramos muchísimos, una fila interminable. Yo iba de la mano de mis hermanos, no teníamos agua y hacía muchísimo calor. Muchos niños y ancianos murieron en la carretera. A mi padre no lo volví a ver” (Palestina, el hilo de la memoria, Teresa Aranguren).

El relato de Samira tiene su correlato, The Birth of the Palestinian Refugee Problem 1947-1949, el que el historiador israelí Beny Morris hace de la expulsión de la población de Lidda:  "La mayor parte de la población se encerró en sus casas tras decretarse el toque de queda, aterrorizados por el sonido de los disparos en la calle y posiblemente pensando que se estaba perpetrando una matanza. Los que intentaban salir se encontraban con el fuego de los soldados israelíes. Algunos soldados lanzaron también granadas en el interior de las casas.  En medio de la confusión decenas de prisioneros desarmados que habían sido recluidos en la mezquita y en la Iglesia resultaron muertos por fuego israelí…

Beny Morris no es precisamente un representante de la izquierda israelí sino un sionista convencido que defiende que la expulsión de la población palestina fue necesaria para crear el estado judío, pero es también un historiador y, aunque intenta justificarlos, da cuenta de los hechos. 

La historia que cuenta la película Farha no es una anécdota ni un caso excepcional, sino que forma parte de una estrategia de terror cuyo objetivo, según lo expresaban los dirigentes sionistas de la época, era “conquistar el máximo de territorio con el mínimo de habitantes”. Un patrón que se repetía en muchas de las operaciones militares posteriores a la matanza de Deir Yasin, era rodear las aldeas y lanzar con altavoces el mensaje “abandonad vuestras casas u os pasará lo mismo que en Deir Yasin”. 

Todo lo ocurrido en Palestina en aquellos terribles años está muy bien documentado, pero mucho más eficazmente tapado. La imponente maquinaria de la propaganda israelí  intentó e intenta borrar la memoria de aquellos hechos.  Y ahora, 74 años después, se pone en marcha una vez más para que una película que narra uno de los muchos episodios atroces ocurridos entonces, no se vea o resulte demasiado complicado intentar verla. La historia de una niña palestina que asiste, desde el cobertizo donde la ha escondido su padre, a la matanza de sus vecinos incluido el bebé de la familia, esa es la historia que, con exquisita contención, cuenta Farha, la película que, como los hechos en los que se basa, se quiere ocultar.   

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