El Efecto Palestina: cómo un pueblo al que se busca borrar está reescribiendo el orden moral del mundoEl sumud se está convirtiendo en el valor del mundo y en su idea más revolucionariaFrancesca Albanese, This Week in Palestine, octubre de 2026 No Words (Sin palabras), óleo sobre lino de Malak Mattar, 2024 Hace cuatro años, cuando inicié mi mandato como relatora especial de las
Naciones Unidas, no podía imaginar que Palestina pronto se convertiría en el
epicentro moral y político de la conciencia mundial. No habría creído que
ciudades de todo el planeta hablarían al unísono mientras sus habitantes
marchaban por calles cuyos muros estaban cubiertos de exigencias de libertad
para los palestinos; que la kufiya reaparecería no como folclore, sino como un
signo político; que estudiantes de universidades occidentales ocuparían sus
campus, arriesgándose a la expulsión y a perder sus becas antes que someterse a
la complicidad institucional con los crímenes del Israel del apartheid. No
habría creído que millones de personas corrientes, de Saná a Sídney, de Bogotá
a Yakarta, de Dakar a Montreal, marcharían, boicotearían, acudirían a los
tribunales, financiarían acciones judiciales o navegarían hacia Gaza con la
ayuda humanitaria que negaban Estados que aún se atrevían a llamarse
civilizados. Si me hubieran dicho que representantes israelíes comparecerían ante la
Corte Internacional de Justicia para responder a una acusación de genocidio;
que esa misma Corte declararía ilegal la ocupación israelí en su totalidad y
exigiría su desmantelamiento incondicional —enterrando por fin la ficción,
explotada durante tanto tiempo, de las «negociaciones» como sustituto de la
justicia— o que altos funcionarios israelíes, incluido Benjamin Netanyahu,
serían imputados ante la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y
crímenes de lesa humanidad, lo habría descartado como una especulación
distópica. Igualmente inimaginable era el espectáculo de las llamadas democracias
liberales volviéndose contra su propia ciudadanía: criminalizando la protesta,
intimidando a periodistas, restringiendo la libertad académica y vaciando de
contenido el derecho constitucional e internacional, todo para evitar
aplicárselo a Israel. Y esto mientras se presentaban, en todas las instancias
pertinentes de derechos humanos, pruebas abrumadoras de la intención que
subyace a la destrucción sistemática de vidas, viviendas, barrios, medios de
subsistencia y familias palestinas enteras, así como de torturas, violencia
sexual y detenciones ilegales masivas. Sin embargo, aquí estamos. En tres años como cronista del genocidio he comprendido que lo que estamos
presenciando no es una anomalía repentina: es el mundo revelado sin disfraces,
capaz tanto de una humanidad extraordinaria como de una miseria moral
sobrecogedora; de valentía humana y complicidad política; de solidaridad desde
abajo y represión desde arriba. Palestina no ha distorsionado la realidad. La
ha iluminado. Hasta hace poco, Palestina había sido cuidadosamente apartada del radar
mundial. El régimen de apartheid israelí se había normalizado paulatinamente;
el sufrimiento palestino se había vuelto burocrático, técnico, invisible.
«Humanitarizado» para las trivialidades de demasiados «salvadores expertos
técnicos» blancos de la comunidad internacional. Las Naciones Unidas, junto con
el conjunto más amplio de organizaciones internacionales, como el CICR, habían
pasado a formar parte de la maquinaria entre bastidores: cada una gestionaba el
fragmento que le correspondía de una catástrofe anormal en gestación, mientras
se comportaban como si la ocupación israelí de Palestina fuera una emergencia
temporal y no una condición permanente y una catástrofe política. El sumud se está
convirtiendo en el valor del mundo y en su idea más revolucionaria. Apenas unos días antes del 7 de Octubre había concluido un informe que documentaba
graves violaciones contra la infancia palestina. « Desinfantilización »
[Unchilding: negación del estatuto de niñ@] era el único título posible
para aquel informe, que condensaba y resumía las matanzas, la detención
arbitraria, el desplazamiento forzado y la pérdida del hogar de generaciones de
niños palestinos, independientemente de su riqueza, religión u origen. El
informe fue recibido con una indiferencia casi absoluta. Durante años, lo único
que obsesionaba a la mayor parte del sector más vociferante de la comunidad
internacional era la legítima defensa de Israel. Hemos entrado en un nuevo capítulo histórico. Lo que está sucediendo en
Palestina ha despertado, unido y movilizado un movimiento mundial de derechos
humanos a una escala no vista en décadas. Este es el efecto Palestina. Ese
«efecto» también se alimenta de la constatación de que Palestina no es una
excepción, sino un prototipo de cómo se puede encerrar, administrar y borrar a
poblaciones consideradas indeseables: los palestinos para Israel, los
refugiados y migrantes a las puertas de la Europa fortaleza. Como escribo en mi reciente libro La luz del despertar, cada vez más
Estados adoptan políticas crecientemente securitarias y represivas que
normalizan las restricciones de los derechos y las libertades individuales:
control, vigilancia invasiva y militarización de la sociedad en nombre de la
lucha contra un enemigo común declarado. Mientras tanto, determinados grupos
—migrantes y refugiados— son tratados no como personas a las que proteger, sino
como cargas que gestionar, confinar o eliminar. Esta es la israelización de
nuestras sociedades: el modelo tan celebrado de Israel como «única democracia
de Oriente Medio» ha llegado a casa, con su prioridad absoluta a la seguridad,
la presencia del ejército por todas partes y patrullas civiles que disparan
contra personas desarmadas en la calle, las secuestran y las deportan; con
puertas y muros de segregación para mantener estrictamente separados a los
grupos étnicos, y drones y controles biométricos omnipresentes para detectar a
los indeseables. Desaparecidas las garantías y la protección del derecho
internacional, se han normalizado la tortura y el genocidio. Se ha rasgado el
velo de Maya[1] de las llamadas
democracias liberales y de todos los exportadores de democracia y derechos
humanos. Ante esto, la gente está reaccionando y exige cambios. Desde las elecciones
a la alcaldía de Nueva York hasta los actuales giros en la política exterior
británica y en los programas políticos de todo el mundo, Palestina moviliza a
ciudadanos de todo el planeta. Los políticos están pagando el precio de su
indiferencia, mientras los votantes exigen que sus representantes actúen con
conciencia. También en el ámbito cultural Palestina está más presente que nunca. Voces
silenciadas durante mucho tiempo encuentran por fin un lugar y pueden compartir
historias recibidas con compasión e indignación ante la profunda injusticia que
ha pesado sobre generaciones. Del cine a las salas de conciertos, de la
literatura al teatro y los estadios, la revolución moral ondea la bandera
palestina y lleva la kufiya. El efecto Palestina no es sentimentalismo. No es una tendencia ni una moda.
Es un cambio estructural de la conciencia política, nacido de una injusticia
insoportable, sostenido y nutrido por el sumud palestino —la
tenacidad/perseverancia/resiliencia— y agudizado por el fracaso catastrófico de
los sistemas jurídicos internacionales y nacionales a la hora de prevenir o
castigar las atrocidades masivas. Que hayan hecho falta
un genocidio —casi un cuarto de millón de personas muertas, desaparecidas o
gravemente heridas—, ciudades enteras borradas, millones de personas sin hogar
y niños huérfanos, mutilados y sometidos al hambre para obligarnos a un examen
moral seguirá siendo una mancha indeleble en nuestra conciencia colectiva. Pero
ese examen ha llegado. La toma de conciencia sobre las décadas de desplazamiento, opresión y
sacrificio de los palestinos ha despojado al mundo de ilusiones reconfortantes.
La ficción de Israel como democracia liberal se ha derrumbado bajo el peso de
su propia violencia. El apartheid —del que los palestinos hablaban mucho antes
de que los públicos occidentales oyeran hablar de él— se ve y se reconoce
ampliamente. La Nakba ya no es una nota al pie de la historia: se entiende como
una estructura de borrado aún vigente, iniciada en 1948 y perfeccionada
continuamente. También ha quedado al descubierto la complicidad de terceros Estados, que
siguen amparando a criminales de guerra y sosteniendo el apartheid mediante
apoyo económico, financiero y político, mientras reprimen el movimiento
antiapartheid en su propio territorio. La bancarrota moral de muchos integrantes del aparato político palestino,
más volcados en la supervivencia institucional que en la protección del pueblo
palestino, también está a la vista del mundo. El despertar comienza cuando esas
contradicciones ya no pueden justificarse. El proceso de Oslo también está en ruinas. Lo que se vendió como «paz» se
reconoce hoy ampliamente —pese a la ceguera voluntaria de las élites políticas—
como una trampa bien calculada desde el principio: un mecanismo para
administrar la ocupación, blanquear la ilegalidad y tranquilizar la conciencia
internacional mientras Israel afianzaba su régimen de dominación. La
negociación sin justicia nunca fue paz. Fue una forma de ganar tiempo. Palestina se ha convertido en una lente que hace visible la arquitectura de
la injusticia mundial. Los patrones son inconfundibles: segregación de
poblaciones, jerarquías racializadas del valor humano, acaparamiento de
recursos y fronteras militarizadas que protegen privilegios. Lo que padecen los
palestinos no es excepcional: ejemplifica un sistema más amplio, descrito a
menudo, sin exageración, como apartheid mundial. Para muchas comunidades
—pueblos indígenas, minorías racializadas, migrantes— esto no es una
revelación. Pero Palestina ha devuelto esta conciencia a las masas. Ha vuelto a
conectar luchas que las políticas neoliberales se esforzaron por fragmentar. El efecto Palestina,
un cambio mundial de la conciencia política y moral, se manifiesta en cuatro
transformaciones interrelacionadas: el despertar, el reconocimiento de un
sistema mundial, la movilización —y sus límites— y la popularización del
derecho internacional. El llamamiento a la libertad palestina resuena hoy en los movimientos por
la justicia para los migrantes, la soberanía indígena, la liberación feminista
y la justicia climática. No porque Palestina sea simbólica, sino porque es
estructural. Revela cómo los «derechos humanos» se tratan habitualmente como un
juego de suma cero: se conceden a unos, se niegan a otros, se aplican
selectivamente y se instrumentalizan políticamente. Palestina nos ha recordado
que la liberación no puede compartimentarse. O los derechos humanos son
universales o son propaganda. El efecto Palestina ha generado una movilización popular sin precedentes.
Han surgido redes de solidaridad que trascienden las fronteras. Las tácticas se
han diversificado. Se han forjado alianzas antes impensables. Las flotillas
hacia Gaza, los boicots masivos, las acciones judiciales y las ocupaciones de
campus no son gestos espontáneos. Expresan una madurez de la solidaridad
política que claramente ha asustado a gobiernos demasiado acostumbrados a la
pasividad de las masas. Al mismo tiempo, esta movilización ha puesto al descubierto la profunda
disfunción de la política contemporánea. Pese a la presión pública sostenida,
las instituciones siguen en gran medida inmóviles. Israel continúa disfrutando
de privilegios comerciales, cobertura diplomática e inmunidad efectiva. En
muchos Estados, la protesta ha recibido como respuesta represión, vigilancia y
criminalización, en lugar de diálogo. La lección es contundente: la legitimidad
democrática se desvincula cada vez más de la voluntad popular. La claridad
moral ya no garantiza la acción política. Por eso Palestina se ha convertido en un catalizador no solo de la
solidaridad, sino de la reinvención de la propia democracia. Condenar ya no
basta. Hace falta una acción más intensa, sostenida y estratégica. Y debe ser
transnacional, interseccional y descentralizada. La minoría mundial —durante
mucho tiempo artífice de estos sistemas— no puede seguir siendo el eje de la
estrategia de liberación. Las voces de la mayoría mundial, forjadas en la
experiencia vivida del colonialismo y la resistencia, deben ocupar el centro. La exigencia de que se
aplique el derecho internacional, y no su veneración, es lo que da sentido al
derecho. Los pueblos han comprendido lo que los Estados prefieren olvidar: la
legalidad sin consecuencias no es derecho, sino teatro. Quizá lo más inesperado sea que Palestina ha devuelto el derecho
internacional a los pueblos. Desde octubre de 2023 se han producido avances
jurídicos importantes: el caso Sudáfrica contra Israel ante la CIJ, las órdenes
de detención de la CPI, las opiniones consultivas de la CIJ de 2024 y 2025, así
como procedimientos basados en la jurisdicción universal contra soldados
israelíes impulsados por la Fundación Hind Rajab, impugnaciones ante tribunales
nacionales de las transferencias de armas a Israel y procesos que examinan la
responsabilidad de terceros Estados, entre ellos Nicaragua contra Alemania ante
la CIJ. Pero también, y sobre todo, términos antes confinados a las aulas universitarias
o a los tribunales —genocidio, jurisdicción universal, autodeterminación,
responsabilidad del Estado— se corean hoy en las calles y se debaten en las
asambleas. Esto no es un fracaso del derecho internacional. Es su renacimiento.
El derecho no ha muerto porque Israel lo viole; está vivo precisamente porque
los pueblos se niegan a aceptar su profanación. Algunos podrían pensar que Palestina ha
revelado la irrelevancia del derecho internacional; sin embargo, puede
afirmarse lo contrario. La insistencia de la administración Trump en que no
«necesita el derecho internacional»[2], mientras llega al
extremo de sancionar a la CPI, a sus jueces y a los defensores de los derechos
humanos, revela una contradicción. Quizá las sanciones revelen precisamente lo
poderoso que puede ser el derecho internacional. Cuánto asusta a quienes lo
violan sistemáticamente, al ofrecer a los pueblos un lenguaje, un marco y unas
instituciones con los que exigir rendición de cuentas y justicia. La tarea que tenemos por delante no es
abstracta ni opcional. En lo económico, exige rechazar la continuidad de los
negocios como si nada de esto hubiera ocurrido de las empresas que se lucran del
apartheid, 'business as equal '. En lo político, exige que rindan
cuentas quienes hacen posible el genocidio y que haya cambios, en nombre de un
compromiso real con el «nunca más». En lo social, exige decisiones éticas que
rompan la comodidad de la distancia. La liberación de Palestina no es la negación de la humanidad israelí. Es su
condición. Ninguna sociedad puede aniquilar a otra sin corroerse a sí misma. La
descolonización no es venganza. Es el desmantelamiento de un régimen de
supremacía y su sustitución por un orden político basado en la igualdad. Pero la honestidad exige afrontar cuestiones sin resolver. Debe reconocerse
a los palestinos como primus inter pares en su propia liberación. La estrategia
no puede reducirse a consignas; el boicot es una herramienta, no un programa.
Un movimiento serio debe abordar las vulnerabilidades del régimen sionista de
apartheid, el papel de las potencias externas —especialmente los USA— y los
límites de ciertas burbujas activistas occidentales que, con demasiada frecuencia,
confunden visibilidad con centralidad. Si la perspectiva es de suma cero, hay que decirlo. Si es una liberación
compartida, hay que construirla, de manera deliberada, estratégica y sin
ilusiones. Los retrocesos históricos rara vez se anuncian como barbarie. Llegan
vestidos de civilización, legalidad y orden. El martirio de Palestina ha
arrancado ese disfraz. Lo reconozcan o no quienes detentan el poder, la lucha palestina ocupa hoy
el centro de un movimiento mundial hacia un mundo verdaderamente decolonial:
uno donde el derecho internacional se aplique universalmente, los crímenes
coloniales dejen de recompensarse con impunidad y el elitismo depredador sea
arrancado de nuestras sociedades de una vez por todas. El fracaso definiría esta época como uno de los mayores colapsos morales de
la historia moderna. Pero rendirnos no es un lujo que podamos permitirnos.
Tampoco el derrotismo ni la división. Como Mahmud Khalil recordó recientemente
a activistas de los USA: están matando a los palestinos. No pueden esperar
debates interminables sobre la liberación y la revolución. La prioridad
absoluta del movimiento antiapartheid debe ser detener los envíos de armas a
Israel. Para alcanzar ese objetivo, los grupos deben poder superar la «política
de la pureza» y las luchas internas, centrándose en la organización de base, la
formación política y cierta benevolencia recíproca. El camino es largo. El costo es alto. Pero el efecto Palestina es
irreversible. Y de las cenizas de un pueblo que se negó a desaparecer, un orden
mundial más justo lucha —contra todo pronóstico— por nacer. Notas [1] En las filosofías
hindú y budista, el velo de Maya se refiere al mundo engañoso e ilusorio de las
apariencias. [2] Maya Yang, “‘I Don’t Need International Law’: Trump Says Power Constrained Only by
‘My Own Morality,’” [ «“No necesito el derecho internacional”: Trump
afirma que su poder solo está limitado por “mi propia moral”»], The Guardian, 8
de enero de 2026. Francesca Paola Albanese (Ariano Irpino, 1977) es una jurista italiana experta en derechos humanos. Desde el 1 de mayo de 2022 ejerce como relatora especial de las Naciones Unidas sobre los territorios palestinos ocupados; nombrada inicialmente para un mandato de tres años, fue ratificada por otros tres en abril de 2025. Es la primera mujer que ocupa el cargo y es licenciada en Derecho por la Universidad de Pisa y tiene una maestría en Derecho de los Derechos Humanos por la SOAS de la Universidad de Londres. Fue investigadora asociada del Instituto para el Estudio de la Migración Internacional de la Universidad de Georgetown hasta finales de 2025, cuando la universidad anunció que había puesto fin a esa vinculación a raíz de las sanciones usamericanas impuestas contra ella. Es asesora principal sobre migración y desplazamiento forzado de la organización sin fines de lucro Arab Renaissance for Democracy and Development (ARDD), donde cofundó la Red Mundial sobre la Cuestión de Palestina. Como relatora especial ha publicado numerosos dictámenes jurídicos e informes importantes: sobre la autodeterminación (2022), el encarcelamiento como sistema (2023), El genocidio como borrado colonial (2024), la infancia vulnerada (2024), Anatomía de un genocidio (2024), la responsabilidad de terceros Estados (2025), De la economía de la ocupación a la economía del genocidio (2025), la tortura (2026) y los medios de comunicación (2026). Cuando el mundo duerme. Historias, palabras y heridas de Palestina — traducción de Mónica Monteys. Galaxia Gutenberg (Barcelona), 28 de enero de 2026. ISBN 9791388019050. Francesca Albanese participará en la conferencia en São Paulo |




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