Ceuta, espejo de una humanidad sin rumbo
Un grupo de migrantes hace cola para recibir ayuda de la oenegé Media Luna Blanca en Ceuta. Violeta Santos Moura | REUTERS
Cuando la inmigración se convierte en arma política y los
migrantes dejan de ser personas.
3 de agosto de 2026. Un niño de unos doce años llora ante soldados
españoles, está a pocos metros de la frontera y suplica que no lo devuelvan a
Marruecos. Un teniente coronel detiene la repatriación cuando algunos vecinos
advierten que es menor. El niño queda finalmente bajo custodia de la Guardia
Civil.
¿Dónde ponemos la mirada? Porque la mirada depende del origen del
enfoque. Desde un despacho parece una avalancha; desde una sede electoral, una
oportunidad; desde una cancillería, un instrumento de presión; desde la orilla,
una persona que se ahoga en el mar.
La
batalla de los relatos
Entre el 30 de julio y los primeros días de agosto, unas 72.000
personas, según la última estimación del Ministerio del Interior, entraron en
Ceuta desde Marruecos, en medio de desesperación social, relajación de los
controles marroquíes y rumores difundidos por redes sociales que hicieron creer
a miles de jóvenes que España había abierto la frontera. Se contabilizaron, al
menos, 141 personas fallecidas. «141 personas muertas» es una tragedia humana;
«141 nombres».
Una
frontera, muchas miradas
Marruecos contempla Ceuta como territorio propio o cuando menos en
disputa. España la mira como frontera exterior que debe defender y emergencia
humanitaria que debe administrar.La Unión Europea ve una brecha en su perímetro
y responde con barreras, retornos masivos, vigilancia severa y acuerdos con
terceros países. Su primera pregunta suele ser: ¿Cómo impedir que entren?, en
lugar de ¿Por qué arriesgan su vida para salir?
Una
geopolítica sin seres humanos
Europa ha externalizado progresivamente sus fronteras. Paga,
negocia o presiona a países de tránsito para que contengan a quienes intentan
llegar. Las personas migrantes quedan convertidas en materia de negociación:
cuerpos utilizados para obtener financiación o ventajas territoriales.
Esta política puede reducir temporalmente las llegadas, pero no
elimina las causas: desempleo juvenil, desigualdad, guerras, persecuciones,
crisis climática y ausencia de vías legales. La frontera necesita orden,
identificación y seguridad; negar esto sería irresponsable. Pero el control
debe respetar seguridad y derechos humanos.
¿Quién
está mirando desde las víctimas?
Miran desde ellas las familias que buscan a sus desaparecidos;
quienes se lanzan al agua para salvar vidas; los sanitarios que reciben cuerpos
sin nombre; los vecinos que ofrecen comida. La pregunta fundamental es: ¿Qué
habrían necesitado esas personas para no lanzarse al mar?
La
verdadera emergencia
Ceuta necesita recursos inmediatos, protección de los menores,
identificación digna de los fallecidos, información rigurosa contra los bulos y
una distribución solidaria de la acogida. Ceuta NO necesita un vergonzante
griterío entre administraciones y xenófobos. La crisis de Ceuta no empezó
cuando miles de personas cruzaron la frontera. Empezó cuando aceptamos que unos
seres humanos puedan ser utilizados como arma por los Estados, como munición
por los partidos, como audiencia por las redes y como amenaza por sociedades
asustadas. No son ellos quienes han puesto en crisis nuestra civilización,
porque nuestra civilización ya está en crisis.
La
mentira útil
La mayor mentira de nuestro tiempo consiste en presentar la
inmigración como el gran problema de Europa cuando constituye una de las
condiciones de su supervivencia. España envejece rápidamente. El Banco de
España, la OCDE y la Comisión Europea coinciden en que la aportación de la
inmigración resulta decisiva para sostener el crecimiento económico, el mercado
laboral y, a medio plazo, el sistema público de pensiones. Necesitamos
inmigrantes. Pero hablamos de ellos como si fueran un problema del que hubiera
que defenderse. Ésa es la paradoja.
El
negocio del miedo
En numerosos países europeos, la extrema derecha crece señalando
al extranjero como responsable de la inseguridad y de la pérdida de identidad
nacional. La inmigración se ha convertido en el espejo donde Occidente
contempla sus propias incertidumbres y no le gusta lo que ve.
¿Qué
proyecto de país queremos construir con ellos?
La integración empieza en la escuela, el trabajo, el barrio, el
acceso a una vivienda digna y la igualdad de derechos y deberes. Una vieja
pregunta en SalamancaFrancisco de Vitoria ya en el siglo XVI formuló una
pregunta revolucionaria: ¿Poseen los extranjeros la misma dignidad que
nosotros? Cinco siglos después seguimos discutiendo lo mismo. Quizá dentro de
unos años, los historiadores no se pregunten cuántos inmigrantes llegaron a
Ceuta, Melilla o Canarias.
Se pregunten cómo un continente envejecido, necesitado de millones
de trabajadores y orgulloso de haber proclamado los derechos humanos, consiguió
convencer a su ciudadanía de que quienes sostenían una parte creciente de su
prosperidad fueron vistos al principio como una amenaza. Porque las
civilizaciones no empiezan a morir cuando llegan demasiados extranjeros,
empiezan a morir cuando dejan de confiar en sí mismas y necesitan fabricar
enemigos para ocultar sus contradicciones. Que ningún futuro historiador tenga
que decir: «Europa necesitaba inmigrantes para sostener su bienestar; pero
prefirió buscar culpables para sostener sus votos». Y entonces comprenderemos
que la gran crisis de Europa nunca fue la inmigración. Fue el miedo.
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