No nos olvidamos de gaza (ni del sáhara)
Flotillas, terroristas imaginarios y Hannah Arendt en la terminal de deportaciones
Desde el Mavi Marmara en 2010 hasta la Global Sumud Flotilla, Israel ha respondido con la fuerza a los intentos civiles de llegar por mar a Gaza. Las embarcaciones nunca han alcanzado su destino, pero cada abordaje vuelve a dejar al descubierto el bloqueo y la maquinaria que lo sostiene.
- publico.es, 8 de agosto de 2026
Hace justo un año los muelles del puerto de Barcelona eran un ir y venir de voluntarios que terminaban de preparar la Global Sumud Flotilla, la mayor misión civil enviada hasta entonces contra el bloqueo que Israel impone a Gaza desde 2007. Zarpó el 31 de agosto de 2025 y nunca llegó a destino. La noche del 1 de octubre la armada israelí abordó en aguas internacionales las más de cuarenta embarcaciones que conformaban la misión y detuvo a cerca de 450 personas, trasladadas a la prisión de máxima seguridad de Ketziot antes de ser deportadas. Ocho días después de aquel asalto, en un clima de gran movilización social en gran parte del mundo, se firmó un tramposo "alto el fuego" que disminuyó y disimuló el genocidio.
Aquella no fue la primera flotilla ni sería la última. La del Mavi Marmara, en mayo de 2010, terminó con diez activistas turcos asesinados a manos de comandos israelíes durante la intercepción. En la última, el pasado abril, Israel asaltó los barcos a más de 1.200 kilómetros de Gaza, un secuestro frente a la isla griega de Creta, en aguas europeas y de la OTAN. La distancia cambia, pero el patrón se repite. Cada cierto tiempo un grupo de civiles decide navegar hacia la Franja y cada vez Israel responde con la misma coreografía militar. Ningún barco civil ha conseguido llegar a Gaza y, aun así, las flotillas se multiplican. ¿Por qué?
Israel ha levantado un edificio narrativo sofisticado para sostener el régimen de apartheid contra el pueblo palestino y, en particular, el bloqueo sobre Gaza. Ese relato descansa sobre una premisa que las flotillas desnudan cada vez que zarpan: que el cerco es una medida de seguridad razonable y proporcionada. Cuando un barco civil con parlamentarios, médicos, periodistas y activistas de decenas de países pone rumbo a Gaza, el Gobierno israelí se queda sin salidas cómodas. Si lo deja pasar, admite que el bloqueo es permeable y permite que se documente desde dentro lo que ocurre en la Franja. Si lo asalta, confirma ante las cámaras que el cerco se sostiene con violencia militar contra civiles desarmados. Ninguna le conviene, y ambas empujan la mirada internacional justo hacia donde no quiere que se pose.
Esa es la utilidad estratégica de las flotillas, que no se mide en toneladas de ayuda humanitaria. Ninguna misión civil puede cubrir las necesidades de una población sometida a un genocidio, y quienes las organizan lo saben. Su función es otra. Obligan a Israel a mostrar cómo funciona su maquinaria por dentro y agudizan las contradicciones de una comunidad internacional que todavía tolera y protege, en distintos grados, un genocidio documentado a diario por sus propias víctimas.
Arendt en la terminal de deportaciones
Mi paso por la Flotilla como corresponsal, entre otros de esta casa, sirvió para comprobar que el genocidio es más complejo de lo que parece. La violencia contra el pueblo palestino no es la política del mal de un puñado de monstruos sádicos; el genocidio trasciende a Netanyahu y podría continuar con o sin él. Se trata de un mal interiorizado y normalizado por la inmensa mayoría de la sociedad israelí —entre la que hay, por supuesto, monstruos sádicos, pero también quienes han sido socializados en el terror, en la criminalización del palestino y en el miedo—; un miedo plano y vulgar que lo inunda todo.
Hannah Arendt acuñó el concepto de la banalidad del mal en 1961, mientras cubría en Jerusalén el juicio a Adolf Eichmann, uno de los organizadores logísticos del Holocausto. Lo que la desconcertó no fue encontrarse con un fanático poseído por el odio, sino con un funcionario gris, mediocre, incapaz de pensar más allá del expediente que tenía delante. Eichmann no ordenaba matar por convicción ideológica; gestionaba trenes y cupos, y hablaba la jerga administrativa que convertía la deportación de judíos o comunistas en "traslado" y el asesinato en "solución". Su mal, sostenía Arendt, carecía de la profundidad demoníaca que solemos atribuir al horror: era el de quien ha dejado de pensar, incapaz de ponerse por un instante en el lugar del otro. Esa incapacidad, y no el sadismo, es lo que permite que una maquinaria de exterminio funcione, y es lo que hoy podemos encontrar intacto en cada eslabón del aparato israelí.
El mal que viví —y que no es comparable al terror que sufren los palestinos— no vino solo de los soldados que abordaron los barcos y nos golpearon. Fue también los funcionarios de prisiones que negaban el agua y la asistencia médica, los jueces y fiscales que levantaron una farsa jurídica para justificar detenciones en aguas donde Israel no tiene jurisdicción, los medios de comunicación que amplificaron sin matices el relato oficial y el personal del aeropuerto que fotografiaba a los deportados con una mezcla de temor y curiosidad. Ninguno necesitaba odiar visceral, racional y conscientemente para hacer su trabajo. A la mayoría le bastaba con cumplirlo.
Arendt insistía en un matiz que suele perderse: la banalidad no está en la magnitud del crimen sino en la vulgaridad de quien lo ejecuta sin interrogarse. El funcionario que tramita la anexión de territorios en Cisjordania o el envío de municiones al ejército desplegado en Gaza no se piensa a sí mismo como verdugo, sino como alguien que aplica una norma. La distancia burocrática reparte la responsabilidad hasta volverla invisible; cuanto más rutinario es el gesto, más cuesta reconocer la violencia que lo sostiene. Ese es el terreno en el que un genocidio deja de necesitar entusiastas –basta con una pequeña dirigencia sádica y supremacista– y le basta con administradores.
El terrorista imaginario
Y ahí radica la gran paradoja de la Flotilla. La detención en directo de medio centenar de civiles en una misión pacífica, en aguas internacionales, indigna a unas sociedades occidentales que habían terminado por normalizar la brutalidad cotidiana contra los palestinos, y coloca a sus gobiernos en una posición incómoda. Dentro de Israel, en cambio, el mismo suceso opera en la dirección contraria.
La detención de los activistas se convierte en una puesta en escena calculada para cohesionar a la opinión pública israelí y realimentar el relato que ha normalizado el mal. El abordaje armado, el traslado a prisión, las imágenes de los detenidos esposados y harapientos, o la exhibición de ministros ultras como Itamar Ben Gvir, que se paseaba entre nosotros para llamarnos terroristas ante las cámaras, componen un montaje pensado para que el espectador israelí vea en un médico, un diputado o un periodista embarcado a un enemigo infiltrado.
Es la misma deshumanización que Arendt vio operar seis décadas atrás, ahora administrada también por gabinetes de comunicación que han fabricado a medida un infraser en el que caben el palestino y también, aunque en menor medida, quien se atreve a defenderlo. Porque la escala del odio tiene grados. Al activista extranjero se le detiene, se le fotografía y se le deporta; el palestino vive esa violencia multiplicada y cotidianizada.
En cualquier caso, las flotillas seguirán navegando aunque ningún barco llegue a Gaza. Sus organizadores y quienes embarcan lo saben y zarpan igual, porque cada asalto vuelve a hacer visible durante unos días lo que la costumbre había normalizado, y saca a la superficie una violencia que Israel solo puede ejercer gracias a la complicidad de un Occidente cuyas sociedades vuelven a indignarse cuando el detenido es uno de los suyos. Ese es el motivo por el que Netanyahu manda su armada a mil doscientos kilómetros de la Franja a por unas embarcaciones que no disparan. Triste que haga falta un pasaporte europeo para volver a agitar la indignación social cuando la violencia contra el pueblo palestino es diaria; pero todo lo que desnude al monstruo y su maldad, sea esta sádica o vulgar, es bienvenido. Que la mar les sea leve a las flotillas venideras.

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