martes, 21 de julio de 2026

La nana rota de Gaza: desinfantilización genocida y la imposibilidad de ser madre. Lama Khouri


 Una madre palestina abraza a su hijo ante un paisaje de ruinas en una ilustración inspirada en el bordado tradicional palestino tatriz. Los motivos florales y geométricos simbolizan la memoria, el vínculo con la tierra y la resiliencia frente a la destrucción.


Lama Khouri, 7 de julio de 2026

Publicado por primera vez en el Journal of Studies in Gender and Sexuality, volumen 25, sept. 2024
Notas del traductor explican el anglicismo y los neologismos utilizados por la autora

La ley del miedo

El asesino mira al espectro del muerto, no a sus ojos, sin remordimiento. Dice a quienes lo rodean: no me culpéis, pues tengo miedo. Maté porque tengo miedo, y mataré porque tengo miedo.

Algunos de los espectadores, adiestrados en preferir el psicoanálisis a la jurisprudencia de la justicia, dicen: se está defendiendo. Otros, admiradores de la superioridad de la evolución sobre la moral, dicen: la justicia es lo que rebosa de la generosidad de la fuerza. ¡Y el muerto debería haberse disculpado por el sobresalto que causó al asesino! Y otros más, doctos en distinguir entre la realidad y la vida, dicen: si este incidente corriente hubiera ocurrido en otra tierra que no fuera esta tierra santa, ¿habría tenido el muerto nombre y renombre?

Vayamos, pues, a consolar al asustado.

Y cuando marcharon en una procesión de compasión hacia el asesino asustado, algunos transeúntes, turistas extranjeros, les preguntaron: ¿y qué culpa tiene el niño? Respondieron: crecerá y se convertirá en un miedo para el hijo del asesino asustado. ¿Y qué culpa tiene la mujer? Dijeron: dará a luz memoria. ¿Y qué culpa tiene el árbol? Dijeron: de él brotará un pájaro verde. Y clamaron: el miedo, no la justicia, es el fundamento del reino.

Ante el espectro del muerto, que se asomó sobre ellos desde un cielo despejado. Y cuando le dispararon no vieron una sola gota de sangre… ¡y quedaron llenos de miedo!

(Mahmud Darwish, 2008)

Articular lo inexpresable: reflexiones sobre escribir en medio de un genocidio

En las conmovedoras palabras de Mahmud Darwish, el poema anterior capta lo que muchos de nosotr@s, palestin@s y otr@s árabes, sentimos. Darwish ilustra magistralmente una narrativa escalofriante. Con grotescas justificaciones por nuestros asesinos, l@s niñ@s y las mujeres son asesinados bajo la afirmación de que estamos aterrorizando. Este diálogo entre opresores y espectadores revela una lógica devastadora: l@s niñ@s crecen para desafiar el statu quo, y las mujeres son culpables de preservar recuerdos que podrían alimentar la resistencia. Aunque muchas de ellas carecen de fundamento, tales acusaciones son trágicamente eficaces, empleadas para racionalizar el asesinato, la tortura y el aniquilamiento continuos de nuestro pueblo. Cuando estas acusaciones se refutan y las racionalizaciones quedan al descubierto, las respuestas, a su vez, tienden a desviarse hacia temas como Hamás. No se trata únicamente de distracciones, sino de parte de un proceso de deshumanización más amplio: una especie de gimnasia moral empleada para legitimar lo que es, en esencia, un genocidio transmitido en directo. Es crucial comprender esto para captar la corriente incesante de deshumanización que no solo justifica, sino que sostiene estas atrocidades.

A la sombra de una mirada que te marca como terrorista —tus valores, creencias e intenciones escrutados antes de que se separen tus labios—, ¿cómo anclarte en los papeles de madre, cuidadora y tejedora de sueños? Bajo este pesado manto —donde tu mundo se retuerce y se esculpe hasta convertirse en un laberinto atormentador; donde el florecimiento de tus pensamientos se sofoca; y donde el nacimiento de tus ideas, aquellas que podrían fomentar tu crecimiento y el de tus seres queridos, se reprimen o censuran—, ¿cómo crear un santuario? Si cada aliento tuyo está ensombrecido por la vigilancia, cada movimiento impregnado de sospecha, ¿cómo forjar una cuna de seguridad para tus hij@s, para quienes amas, para quienes buscan tu consuelo? ¿Cómo cargar con sus fardos, digerir su desesperación, cuando tus propios mañanas son preguntas no formuladas: ¿Seguirá en pie mi hogar cuando amanezca? ¿La próxima explosión nos robará el aire de los pulmones? ¿Me reclamará la muerte al alba? Y en medio de esta tormenta, ¿cómo saciar la sed, el hambre incesante, los llantos de tus hij@s roíd@s por punzadas implacables?

Me ha costado empezar este artículo, hallando difícil articular una situación insondable, con atrocidades que desafían toda descripción, atrocidades que ningun@ de nosotr@s en este planeta ha presenciado con tal detalle y certeza. A menudo me resulta arduo escribir sobre temas tan cargados emocionalmente de una manera intelectual y disciplinada. Se me encomienda expresar lo inexpresable y afirmar no solo mi derecho a existir, sino los derechos de mi pueblo. En los espacios psicoanalíticos que he frecuentado durante los últimos veinte años, a menudo me siento silenciada y sometida a gaslighting[1]. A pesar de ello, entablar un diálogo me exige pensar y comunicarme en un registro algo desprendido de las emociones crudas del trauma, las lágrimas y la ira entrelazadas con el tema en cuestión. Es como si debiera montar el escenario, defender una tesis o presentar un caso incontrovertible sobre las injusticias que padecen l@s palestin@s, como si tuviera que darme permiso para proclamar que las atrocidades contra mi pueblo constituyen un genocidio; que el Estado colonial de asentamiento roba vidas, tierra y esperanzas; y que cualquiera que no se indigne ante esta matanza masiva es cómplice.

Este desafío se profundiza enormemente cuando me adentro en la vida de las madres palestinas, reflejando sus luchas a través del prisma de mi propia maternidad. En todos los rincones de nuestra tierra ocupada, la esencia misma del cuidado maternal está en peligro. Las madres se ven obligadas a proteger a sus hij@s de los peligros, en lugar de cultivar libremente su crecimiento. Tienen que ver a sus hij@s consumirse por el hambre, ser apresad@s por soldados y encarcelad@s. Se preguntan a diario cómo será el minuto siguiente. A mi vez, a menudo me pregunto cuántas veces puede romperse mi corazón. Aparentemente, sin fin.

Cada madre palestina es una historia de un grito silencioso sostenido contra el robo de la normalidad, la dignidad y el valor como ser humano. Su sola resistencia se convierte en una rebelión contra una vida en la que ser madre es un acto de resistencia y resiliencia. Mientras escribo este artículo, se me recuerda constantemente el poder de la maternidad como fuente de profunda fortaleza y a la vez como espacio de profunda vulnerabilidad.

Cada frase que escribo lleva el peso de una responsabilidad sagrada: honrar la tribulación colectiva palestina. Debo consignar las duras realidades de nuestras batallas cotidianas y las graves atrocidades que se nos infligen. Cada palabra sirve de testimonio y de paso resuelto en la ardua marcha hacia la liberación.

Hoy escribo bajo la sombra del bombardeo de Rafah, atormentada por las imágenes que han circulado durante los últimos ocho meses: un hombre en llanto sosteniendo el cuerpo sin vida y sin cabeza de un niño mientras el resto del campamento arde; un niño llorando junto al cuerpo sin vida de su madre; un hombre conduciendo un camión lleno de los cadáveres de su familia.

Algo inusual en mí: me ha costado llorar durante estos ocho largos meses, todos los sollozos reprimidos que he contenido desde el otoño pasado. Quizá sea el feroz orgullo de una palestina, jurando que prevaleceremos, o quizá sea una negación de vivir en un lugar como Nueva York, donde muchos desestiman las atrocidades en curso —y a menudo aplauden la ayuda militar del gobierno de los USA a la entidad sionista, justificando su brutalidad con frases huecas como «es complicado», «pero Hamás» o el escalofriante «esto es la guerra» (Middle East Monitor, 2024).

Palestina: el momento actual

Muchos palestin@s y quienes nos apoyan son cautelos@s al referirse a los sucesos del 7 de octubre, porque a menudo se los presenta como si el derramamiento de sangre en Palestina hubiera comenzado ese día. Aunque ningún palestin@ que yo conozca condonaría los crímenes de guerra presuntamente cometidos ese día, es importante considerar estos sucesos dentro de la historia más amplia de opresión, despojo y traición. La reciente declaración de Judith Butler capta mi sentir:

Creo que es más honesto e históricamente más exacto decir que el levantamiento del 7 de octubre fue un acto de resistencia armada. No fue un ataque terrorista ni un acto antisemita. Fue un ataque contra israelíes y, aunque no estuve de acuerdo con el ataque, es crucial reconocer que la violencia que han sufrido los palestinos abarca décadas. Este levantamiento fue una respuesta al sometimiento y a un aparato estatal violento. Se apoye a Hamás o no, deberíamos al menos reconocer esto como resistencia armada, abriendo el debate sobre su moralidad y su validez estratégica. (Butler, 2024)

Para empezar a comprender los acontecimientos de los últimos ocho meses, es esencial considerar dos conceptos que enmarcan las políticas genocidas del Estado sionista. Estas políticas abarcan no solo el acto de matar, sino también el hacer insoportables las condiciones de vida. El primer concepto, la necropolítica, fue introducido por el filósofo camerunés Achille Mbembe en 2003. Explora el uso del poder social y político para dictar quién puede vivir y quién debe morir (2003). En el contexto de Gaza, la necropolítica afecta también a las tasas de natalidad —como evidencia un aumento del 300 % en los abortos espontáneos durante los últimos ocho meses (Bajec, 2024)—, incidiendo en la calidad de vida y dictando las circunstancias de la muerte y el entierro. Considérese la cruel intención tras los misiles de fragmentación diseñados para mutilar (Abu Sitta, 2023), o el hecho de que los cuerpos de los mártires se devuelven con sus órganos extraídos (Al Mayadeen, 2023). Las imágenes son desgarradoras: a los padres se les obliga a escribir el nombre de sus hij@s viv@s sobre sus cuerpos, por si quedan desmembrad@s, para poder identificarl@s (Alsaafin & Amer, 2023); otros llevan fragmentos de sus hij@s en bolsas para cadáveres (Clash Report, 2023). Muchos permanecen sepultados bajo los escombros, inalcanzables para su recuperación porque el Estado colonial de asentamiento les niega el combustible y la maquinaria necesarios para exhumar los restos de los seres queridos de Gaza (Middle East Eye Staff, 2024; Shurafa & Magdi, 2023). En lugares como Gaza y también Yenín, el aire está denso con el hedor de la descomposición (Abu Toha, 2023). Son recordatorios constantes y brutales del poder y la malevolencia del Estado colonial de asentamiento, dirigidos no solo a matar, sino a quebrar los espíritus y la determinación.

Mbembe subraya el racismo como impulsor clave de la necropolítica, poniendo de relieve la desvalorización sistemática de los individuos racializados. Esta desvalorización se manifiesta en la retórica y las políticas del Estado sionista y de sus dirigentes. Por ejemplo, el ministro de Defensa israelí Yoav Gallant se ha referido despectivamente a los palestinos como «animales humanos» (Karanth, 2024), mientras que el presidente israelí Isaac Herzog ha afirmado: «no hay civiles inocentes en Gaza» (The Wire Staff, 2023). El primer ministro Benjamín Netanyahu ha agravado esta narrativa, comparando a los palestinos con los amalecitas, describiendo el genocidio en Gaza como una lucha entre los «hijos de la luz y los hijos de las tinieblas» (Israel National News, 2023; Leonard, 2023).

Para los sionistas, somos el pueblo no elegido de Dios

No solo el pueblo palestino es no elegido, sino que a las madres se las desmaternaliza[2] y a l@s niñ@s se l@s desinfantiliza (Shalhoub-Kevorkian, 2019). El concepto de desinfantilización (unchilding)[3], tal como lo propone Shalhoub-Kevorkian, ahonda en las dinámicas necropolíticas que despojan sistemáticamente de sus derechos a l@s niñ@s palestin@s, desalojándol@s del ámbito de la infancia con fines políticos. Este proceso se sustenta en una maquinaria de violencia, racismo, sexismo y clasismo, en particular dentro del marco del proyecto colonial de asentamiento sionista. Este proyecto manipula las narrativas internacionales junto con las vidas y los entornos de l@s niñ@s palestin@s desde su existencia más temprana hasta su muerte. Explotando a l@s niñ@s como blancos e instrumentos, el Estado de Israel se afana en última instancia por reprimir la emergencia de las futuras generaciones palestinas. El concepto de desinfantilización es un concepto por excelencia que invita a examinar las cuestiones políticas y éticas de l@s «niñ@s que cuentan» y de los incesantes y mundanos momentos de despojo (Shalhoub-Kevorkian, 2019, 2020).

La antigua agenda genocida del colonialismo de asentamiento sionista

Los objetivos genocidas del Estado colonial de asentamiento sionista no comenzaron hace ocho meses, ni siquiera hace 76 años. Estos objetivos pueden rastrearse hasta el primer Congreso Sionista de 1897. Desde entonces, la agenda sionista ha perseguido el aniquilamiento, en parte o en su totalidad, de nuestro pueblo. La frase «una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra» señala claramente esta intención de aniquilamiento y genocidio, o quizá pensaron que los palestinos que vivían en la tierra no eran pueblo (Farmer et al., 2021).

El Estado colonial de asentamiento ha buscado aniquilar a los palestinos durante más de un siglo. Han intentado borrar el pasado reescribiendo la historia y cometiendo memoricidio (Al-Jazeera, 2008; Masalha, 2015). En Gaza y en toda Palestina, hacen insoportable el presente, buscando aplastar el espíritu, la vida y la habitabilidad de la población. Considérense los aspectos ordinarios de la vida cotidiana que, en lugares como Nueva York, damos por sentados: ir al trabajo, tener un lugar seguro donde dormir, agua limpia, comida en la mesa, y saber que existen la ley y los derechos civiles para protegerte; nada de esto está garantizado en Palestina. Imagina ser palestino y pasar horas interminables en el puesto de control de Qalandia, sin saber cuándo, ni siquiera si, llegarás a tu destino, rodeado por un muro que te aísla de tus seres queridos y de tu sustento. A l@s palestin@s se les prohíbe caminar por calles que pertenecieron a sus antepasados. Es inhumano que un niño presencie a sus padres humillados a punta de pistola, que se le niegue el derecho a cosechar sus aceitunas, que viva con el miedo constante a la demolición de su hogar, o que se pregunte si podrá abrazar a sus hij@s al final del día (Jabr & Berger, 2016, 2017, 2021).

En los últimos ocho meses, l@s palestin@s dentro de las fronteras de 1948, hoy conocidas como Israel, han enfrentado políticas de amordazamiento sin precedentes impuestas por las autoridades israelíes. Estas políticas reflejan una postura de tolerancia cero promovida por el ministro de Seguridad Nacional, vilipendiando a nuestro pueblo en Israel. Numerosos funcionarios, en particular Ben-Gvir, han hecho declaraciones racistas y han moldeado la opinión pública israelí para prepararla ante los «monstruos árabes y sus reacciones violentas a la guerra de Gaza» (Kayal, 2024, p. 1).

Desinfantilizar y desmaternalizar Palestina: forcluir el futuro

El aniquilamiento futuro del pueblo palestino se logra atacando a las mujeres y a l@s niñ@s, lo que me lleva al tema de este número de la revista: la imposibilidad de ser madre.

Basándonos en las ideas de Winnicott, una madre suficientemente buena necesita un «entorno de sostén» (holding environment) para poder nutrir y proveer a sus hijos. El deber del Estado debería ser proporcionar un «entorno de sostén» que nutra a todos sus ciudadanos, en lugar de perpetuar la violencia y la deshumanización. Existe, por tanto, una contradicción fundamental entre el colonialismo de asentamiento y el concepto de maternidad tal como lo entendemos. En lugar de ser el garante de las condiciones que sostienen la vida familiar, el Estado se mueve por la creencia delirante de que mantener esas condiciones para «nosotros» requiere destruirlas para el pueblo indígena. «Nuestro» futuro exige que ellos no puedan tener futuro; para que nuestros hijos sean niños, los suyos deben ser privados de su infancia. Esta mentalidad queda ejemplificada en la publicación de Facebook de la ministra de Justicia israelí Ayelet Shaked, en 2015, que describía a l@s niñ@s palestin@s como «pequeñas serpientes» para justificar el castigo colectivo (Tharoor, 2015).

El Palestinian Feminist Collective describe las atrocidades en Gaza como un «genocidio reproductivo» debido al ataque deliberado a las capacidades reproductivas palestinas mediante la violencia militar continua, la opresión sistémica y la negación de recursos esenciales. Citan como evidencia la imposición de condiciones invivibles, el desplazamiento masivo y la destrucción de la infraestructura sanitaria. El impacto sobre las mujeres incluye tasas crecientes de aborto espontáneo, mortalidad materna y trauma psicológico. Argumentan que estas acciones forman parte de una estrategia más amplia para menguar la población palestina y socavar su capacidad de sostener su comunidad y resistir la ocupación (Palestinian Feminist Collective, 2026). Una ilustración de lo anterior es un comunicado de prensa del International Rescue Committee (2024), que declara: «Las mujeres embarazadas en Gaza enfrentan el hambre, el bombardeo israelí, el desplazamiento y la amenaza constante de muerte o enfermedad por lesiones, infecciones o dolencias. Muchas mujeres han tenido que dar a luz sin ninguna forma de ayuda médica y hay informes creíbles de mujeres obligadas a someterse a cesáreas sin anestesia» (International Rescue Committee, 2024).

Además, según un informe del 16 de abril de 2024 de ONU Mujeres, 10 000 mujeres palestinas en Gaza han sido asesinadas, incluidas aproximadamente 6 000 madres, dejando 19 000 niñ@s huérfan@s. Entre quienes sobrevivieron a los bombardeos israelíes y a las operaciones terrestres, hay mujeres desplazadas y enviudadas. Más de un millón de mujeres y niñas palestinas en Gaza padecen hambre severa, con un acceso mínimo a alimentos, agua potable segura, retretes en funcionamiento o agua corriente. Todas estas privaciones plantean riesgos mortales. El agua limpia es especialmente vital para las madres lactantes y las embarazadas, debido a sus mayores necesidades diarias de agua y calorías. También es crucial para que las mujeres y niñas mantengan su higiene menstrual con dignidad y seguridad. Muchas mujeres han recurrido a tomar medicamentos para retrasar o detener su menstruación, a pesar de los posibles efectos secundarios (Center for Strategic and International Studies [CSIS], 2024). El informe de ONU Mujeres declara: «Este devastador impacto diferenciado sigue haciendo de la guerra en Gaza también una guerra contra las mujeres» (UN Women, 2024).

La situación de las mujeres embarazadas en el resto de Palestina es igualmente terrible. Las embarazadas a menudo dan a luz en los puestos de control, lo que provoca muchas muertes de recién nacid@s. El enrevesado sistema de permisos y la infraestructura de seguridad de los puestos de control tienen una dimensión de género que a menudo se pasa por alto. El trabajo de Nadera Shalhoub-Kevorkian pone de relieve el severo impacto de la vigilancia y las restricciones sobre las mujeres embarazadas y parturientas (Shalhoub-Kevorkian, 2015). Describe vívidamente cómo los puestos de control contribuyen a crear una «geografía social del horror» (Shalhoub-Kevorkian, 2015, p. 1195), caracterizada por «violencia contra el trayecto del parto: formas múltiples y sistémicas de agresión y control ejercidas por el Estado colonial de asentamiento israelí sobre las mujeres palestinas, en particular en el contexto del embarazo y el parto». La exposición a gases lacrimógenos, los retrasos en los puestos de control militares y la tensión física de transitar por espacios militarizados pueden provocar abortos espontáneos, partos prematuros y otras complicaciones de salud. Según un informe de las Naciones Unidas de marzo de 2019, 69 mujeres palestinas embarazadas dieron a luz en puestos de control israelíes. Un informe de 2005 de la Organización Mundial de la Salud (OMS) citaba estadísticas del Ministerio de Salud palestino según las cuales 61 mujeres dieron a luz en puestos de control entre 2000 y 2004, y 36 de sus bebés murieron (Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, 2019). No es que las mujeres embarazadas de parto salgan de sus casas demasiado tarde, es que se las retiene durante horas innecesariamente en un puesto de control (Powell, 2011).

Las estrategias necropolíticas de desmaternalización y desparentalización[4] están concebidas para desmantelar los sistemas de apoyo social, separar a las familias y fragmentar las comunidades. Estas tácticas no solo perturban las relaciones de amor y sexualidad, sino que también buscan obstruir la reproducción de las futuras generaciones. Lo logran mediante la violación del espacio personal y la vigilancia constante, así como a través de un sistema de residencia y procedimientos complejos que hacen que las familias vivan separadas.

No solo los cuerpos palestinos son despedazados por misiles de fragmentación —y esparcidos por toda Gaza—, sino que además l@s niñ@s quedan huérfan@s y los padres, sin recursos. Incapaces de proveer a sus familias, se sienten impotentes, sin nada a lo que recurrir en busca de apoyo para consolar a sus hij@s. Un ejemplo de este trance queda ilustrado en el caso siguiente: Mohammad Al-Nabahin, padre de cuatro hij@s, le dijo al Washington Post: «La sensación de impotencia mata a las madres y a los padres». Describió la vergüenza que lo invadió mientras su hijo Ahmed hablaba. «No tengo más que mi brazo para esconderlos de la muerte», dijo. Su hija Tala pidió regalos al cumplir 10 años en diciembre, pero la familia apenas podía costear la comida del día (Loveluck & Harb, 2024).

El desmantelamiento de las redes de apoyo de las familias palestinas —y la obliteración de sus futuros mediante el bombardeo de escuelas, el asesinato de educadores y la destrucción de hogares— pretende hacer casi imposible el logro de un futuro próspero. No hay agua limpia en Gaza, y l@s niñ@s mueren de hambre forzada. En Gaza hoy, el ejército israelí (IOF) ha destruido nueve de cada diez escuelas y se ha cobrado la vida de 95 catedráticos y 261 maestros. Ha dañado el 60 % de las instalaciones educativas, mientras que 13 bibliotecas públicas yacen en ruinas (Ashing, 2024). Esto se ha descrito como «escolasticidio».

En el resto de Palestina, el Estado sionista ataca sistemáticamente la paternidad palestina y las estructuras familiares bajo la ocupación israelí. Otman (2020) explica que este proceso de «despaternización» (unfathering)[5] implica el encarcelamiento, el exilio y el asesinato selectivos de los padres palestinos, lo que socava la autoridad y la presencia parentales. Este proceso no solo perturba la unidad familiar, sino que también busca desestabilizar el tejido social y la resiliencia comunitaria, contribuyendo a los objetivos más amplios de control y sometimiento de las fuerzas ocupantes.

La desmaternalización genocida alimenta la desinfantilización genocida: en los últimos ocho meses, la estrategia de desinfantilización y desmaternalización en Gaza ha alcanzado niveles genocidas: 19 000 niñ@s son huérfan@s por el asesinato de sus cuidadores, más de 14 000 han sido asesinad@s, y 10 niñ@s pierden una extremidad cada día (Loveluck & Harb, 2024). Sin embargo, incluso antes de octubre de 2023, la guerra continua contra Gaza tenía un profundo impacto en la salud mental de l@s niñ@s palestin@s. La exposición constante a la violencia, el desplazamiento y el trauma extremo ha provocado una ansiedad, depresión, trastorno de estrés postraumático y problemas de conducta generalizados entre la juventud, lo que Rita Giacaman describe elocuentemente como «heridas internas» (Giacaman, 2017, p. 357). El 54 % de los niños palestinos y el 46,5 % de las niñas de entre 6 y 12 años ya presentaban problemas emocionales y conductuales. Incluso antes de la escalada, un estudio de 2022 de Save the Children halló que el 80 % de l@s niñ@s mostraba signos de angustia mental, con dos tercios incurriendo en autolesiones y la mitad contemplando el suicidio. Desde su nacimiento, est@s niñ@s han enfrentado un asedio y un bloqueo israelíes, viviendo en la pobreza y en un miedo constante (ACAPS, 2024). La Franja de Gaza, calificada por UNICEF como el lugar más peligroso del mundo para l@s niñ@s , presenta condiciones nefastas donde el duelo y la falta de comida, agua y medicamentos son luchas cotidianas (UNICEF, 2024). Además, la destrucción de infraestructuras ha exacerbado la falta de espacios seguros —con el cierre de escuelas y los parques infantiles en ruinas—, agravando aún más la crisis de salud mental.

Durante años, l@s niñ@s palestin@s han sido a menudo blancos deliberados. Chris Hedges (2001) escribe:

Han disparado a niños en otros conflictos que he cubierto —los escuadrones de la muerte los abatieron en El Salvador y Guatemala, madres con bebés fueron alineadas y masacradas en Argelia, y francotiradores serbios pusieron a niños en su punto de mira y los vieron desplomarse sobre el pavimento en Sarajevo—, pero nunca antes había visto a soldados atraer a niños como ratones a una trampa y asesinarlos por deporte (p. 64).

La nana rota de Gaza

Comparto la información anterior, pero hay mucho más en cuanto al impacto del colonialismo de asentamiento sobre las madres y su capacidad de ser madres. He estado recordando las nanas que cantaba a mis hijos, y que mi abuela y mi madre me cantaban a mí: nanas sobre el amor, la ternura y una promesa imperecedera de protección. «Durmamos, durmamos. Te atraparé una paloma. No tengáis miedo, palomas, arrullaremos suavemente al pequeño para que duerma. La ciruela está bajo el albaricoquero y cada vez que sopla el viento, le trae al pequeño un albaricoque». El Estado colonial de asentamiento ha hecho añicos la nana: las palabras que prometían protección, seguridad y abundancia son ahora vacías y desconcertantes para l@s niñ@s , niñ@s que preguntan una y otra vez a sus padres cosas que no pueden responder: ¿cuándo volveré a la escuela? ¿Me volverán a crecer las manos [amputadas] (Barghouti, 2024)? ¿Volverá a la vida [mi amigo] Mohammad? Y las palabras más desgarradoras son las de una niña recién extraída de los escombros de su hogar: «¿Esto es un sueño o es real?».

Hemos agotado cada palabra, cada adjetivo y cada imagen para describir Gaza, una situación que ningun@ de nosotr@s ha presenciado jamás. Pero ¿cómo puedo transmitir el hondo pesar y el tormento de una madre que oye los llantos de hambre de sus hij@s, o que ve a su hija convertirse en una sombra esquelética de sí misma —la mirada vacía, el cabello caído? ¿Cómo describir el increíble dolor de un padre que, sosteniendo a su hijo herido y agitando una bandera blanca, acuna al mismo niño minutos después —ahora sin vida, abatido por la bala de un francotirador? ¿Qué se siente al ser madre y que arranquen a tus hij@s de su hogar en mitad de la noche? Y, sin embargo, debemos hablar de lo indecible y lo incomprensible. Debemos confiar en que nuestro compromiso con el amor y la lucha por la justicia puedan traer un futuro mejor para las mujeres, l@s niñ@s y los hombres de Gaza, y para el resto del mundo.

La madre inquebrantable: desafío y esperanza en las ruinas de Gaza

En el corazón de Rafah y en toda Gaza, las madres afrontan la insoportable tragedia de ver a sus hij@s engullidos por el miedo, el hambre y la desesperación, un crudo retrato del tormento de una madre impotente para poner fin al sufrimiento. Este incesante cuadro de atrocidades y el genocidio en curso arrojan una sombra sobre el deber intrínseco de una madre de proteger y nutrir, transformándolo en un ejercicio de pura resiliencia y desafío.

El Sumud palestino, arraigado en la firmeza y la perseverancia, no consiste meramente en la supervivencia; es una negativa enfática. Es el rechazo de la derrota, de la deshumanización, de la obliteración de la identidad y la existencia. Lo encarnan madres como la de Rafah que, ante bloqueos paralizantes, innova para proporcionar las necesidades más simples, como la creación de una fábrica de pañales en medio de las ruinas. Lo encarna la joven Lama Abu Gamous, una niña de 9 años convertida en periodista, que se niega a permitir que el mundo ignore u olvide la tribulación de su pueblo. La voz de Lama es un recordatorio penetrante de la agencia y la urgencia de la lucha palestina, que resuena a través de las fronteras y en los corazones de l@s ciudadan@s del mundo.

Esta narrativa de Sumud y resistencia se entreteje con el concepto de «solidaridad afectiva» de Ather Zia, donde el apoyo emocional y moral trasciende las barreras geográficas y culturales, uniendo a cientos de miles de personas en todo el mundo (Zia, 2020). Estas multitudes salen a las calles, con sus cánticos y sus pancartas en mano, no meramente como actos de protesta, sino como profundos compromisos de solidaridad. Se mantienen unidas, testimonio del reconocimiento mundial del dolor palestino y de la exigencia universal de justicia.

Así, mientras reflexionamos sobre las desgarradoras experiencias de estas madres y estos niños, también presenciamos un mundo cada vez más unido por una conciencia colectiva. Esta solidaridad mundial reaviva la esperanza y fomenta un poderoso sentido de comunidad y de humanidad compartida, insistiendo en que, incluso en los momentos más oscuros, el espíritu de resistencia y el sueño de paz persistirán. A través de esta lucha compartida, se le recuerda al mundo que, aunque la geografía de la opresión sea específica, la geografía de la empatía y la acción no conoce fronteras.

Comencé con un poema de Mahmud Darwish y quisiera terminar con otro. Es un poema titulado A mi madre. Para mí, este poema no trata solo de mi madre, sino también de mi tierra, mi pueblo, mis antepasados y el amor tan abundante en Palestina. Trata de la ternura que sentimos l@s palestin@s y del lugar que Palestina, la madre de todas las tierras, ocupa en nuestros corazones.

A mi madre
Mahmud Darwish, 1966

Traducido por Luz Gómez García
Añoro el pan de mi madre, el café de mi madre,
las caricias de mi madre…
Día tras día
en mí crece la infancia, pero amo mi edad, pues de morir
me avergonzarían las lágrimas de mi madre.
Haz de mí, si vuelvo un día, adorno de tus pestañas, cubre mis huesos con hierba
bautizada con tus puros tobillos, átame
con un mechón de tus cabellos…
con un hilo suelto de la cola de tu vestido…
Puede que me convierta en un dios,
que en un dios me convierta si toco el fondo de tu corazón.
Ponme, si es que regreso,
como leña en el horno de tu fuego,
como una cuerda de tender en la azotea de tu casa, porque no puedo levantarme
sin la oración de tu día.
He envejecido, devuélveme las estrellas de la infancia para que comparta
con los gorriones la senda de regreso
al nido en que aguardas.
Fuente: Poesía escogida (1966-2005), Edición Valencia, Pre-Textos, 2008

Notas del traductor
[1] El gaslighting es una forma de manipulación psicológica en la que una persona o un grupo busca hacer que alguien dude de su memoria, de su percepción de los hechos, de su juicio o incluso de su salud mental, con el fin de desestabilizarlo y ejercer control sobre él. El término proviene de la obra de teatro ‘Gas Light’ (1938), adaptada al cine en 1940 y, sobre todo, en 1944 (‘Gaslight’), en la que un esposo varía la intensidad de las lámparas de gas de la casa mientras niega que la luz cambie, con el fin de convencer a su esposa de que está perdiendo la razón.
[2] Desmaternalización (unmothering) — Contrapartida de la desinfantilización. Designa la destrucción sistemática de las condiciones que hacen posible el cuidado materno —lo que Winnicott llama el «entorno de sostén» (holding environment)—, incluida la erosión de la capacidad de la mujer para proteger y nutrir a sus hij@s y el ataque a la capacidad reproductiva (aumento de abortos espontáneos y de mortalidad materna, partos en los puestos de control). Así, ser madre se convierte en un acto de resistencia y no en un papel que el Estado protege.
[3] Desinfantilización (unchilding) — Concepto acuñado por la investigadora y criminóloga palestina Nadera Shalhoub-Kevorkian (Incarcerated Childhood and the Politics of Unchilding, 2019), definido como el desalojo autorizado de l@s niñ@s de la infancia con fines políticos. Sostenido por una maquinaria violenta, racista, sexista y clasista, despoja a l@s niñ@s palestin@s de las protecciones y la inocencia normalmente atribuidas a la infancia, tratándol@s a la vez como seres indignos de los derechos del niño y como cuerpos peligrosos y «matables». En un contexto colonial de asentamiento, la mera existencia de un niño queda criminalizada.
[4] Desparentalización (deparenting) — Término genérico para las estrategias necropolíticas —junto con la desmaternalización— concebidas para desmantelar los sistemas de apoyo social, separar a las familias y fragmentar las comunidades. Ataca la función parental en su conjunto (materna y paterna) mediante la violación del espacio personal, la vigilancia constante y un sistema de residencia y permisos que obliga a las familias a vivir separadas, con el fin de obstruir la reproducción de las generaciones futuras.
[5] Despaternización (unfathering) — Concepto desarrollado por Abeer Otman (2020) en su trabajo sobre la paternidad palestina en Jerusalén Este. Designa el despojo del poder, el derecho y la legitimidad del padre para proteger a sus hij@s y ejercer la paternidad —mediante el encarcelamiento, el exilio y el asesinato selectivos de los padres palestinos—, lo que socava la autoridad y la presencia parentales y, más allá de la familia, busca desestabilizar el tejido social y la resiliencia comunitaria. (El término también lo emplea Shalhoub-Kevorkian.)

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