El mundo está dispuesto a escuchar al palestino que cuenta cómo perdió su casa, enterró a sus hijos o pasó años en una prisión. Mucho más difícil le resulta escucharlo cuando habla como sujeto político, reivindica el retorno, cuestiona los límites trazados para su liberación o defiende la lucha armada. Entre uno y otro aparece una frontera invisible: la que determina qué debe pensar, decir y hacer un pueblo ocupado para merecer nuestra solidaridad.
Hay un palestino al que resulta relativamente fácil escuchar. Puede contar que perdió su casa, enseñar la llave que su familia conserva desde 1948, hablar del campo de refugiados donde nació, de los años que pasó en una prisión israelí, del hijo que perdió bajo las bombas o del olivar que los colonos arrancaron. Puede llorar ante una cámara, pedir ayuda y denunciar la ocupación. Su sufrimiento conmueve y, mientras permanezca dentro de esa imagen, puede despertar una solidaridad enorme.Leer más....

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