miércoles, 23 de septiembre de 2026

Palestina, una historia sin mucha importancia.Álvaro Zamarreño infolibre.es


 Palestina, una historia sin mucha importancia


  • De la construcción europea de 'Tierra Santa' al marco anticolonial: la cuestión de su excepcionalidad histórica y política
Álvaro Zamarreño
Cuando en el siglo XIX los turistas románticos europeos empezaron a aventurarse en Palestina, casi todos los lugares santos estaban ya controlados por las ramas tradicionales del cristianismo. Los viajeros ingleses, en su mayoría anglicanos, carecían de espacios históricos que pudieran considerar como propios en ‘Tierra Santa’. Acompañados de la Biblia como si fuera una guía, y de los picos y palas de los primeros arqueólogos modernos, empezaron a dibujar un nuevo mapa de los escenarios religiosos, ‘reubicando’, con criterios supuestamente científicos, espacios que los cristianos locales llevaban siglos venerando.
Fueron europeos quienes forjaron el mito de la Palestina moderna, rasgado del contexto de la gente que vivía en él. Aunque con una identidad propia, esa sociedad —formada por cristianos, musulmanes y judíos— distaba mucho de percibirse como ‘especial’. A medio camino entre Damasco y El Cairo, estuvieron acostumbrados a ocupar ese papel, basculando entre Siria y Egipto durante siglos.
Jerusalén era importante para ortodoxos, coptos, armenios y católicos. Pero era más importante como referente simbólico que como espacio, pues Roma o Constantinopla (hoy Estambul) eran los escenarios de verdadero poder político para sus iglesias. Esa misma importancia simbólica de la ‘Ciudad Santa’ se extendía a las tradiciones judaicas, y al islam.
La ciudad real, la de piedra, era una capital de tercer nivel dentro del imperio Otomano, y dependía de la mucho más importante Damasco. Las grandes familias terratenientes estaban vinculadas a Nablus y su industria del aceite de oliva. Cuando la economía palestina dio el salto hacia la exportación de cítricos, la ciudad de Jafa —cuya identidad ha sido casi borrada por la colonización— se convirtió en la urbe más pujante de la zona, aquella en la que se editaban periódicos, se abrían cines, y en cuyos cafés se forjaba la identidad política de la Palestina moderna.
Conscientes de una amenaza todavía incierta, algunas figuras intelectuales empezaron a advertir del peligro. El discurso de la excepcionalidad histórica era asfixiante para la gente del lugar, que se vio en la imposible tesitura de justificar su derecho a aquella tierra, en competencia con otros. Para los habitantes de Jerusalén y sus alrededores, empezó a no ser suficiente con esgrimir su relación natural con la ciudad, frente a quienes, basándose en el pasado mitológico, se decían con un mayor derecho a controlarla.
Podemos pensar que el origen del problema está en el sionismo. Pero este no dejaba de ser otra más de las utopías políticas surgidas en el XIX. Su camino hubiera sido igual de poco fecundo que el del resto de utopías de la época, de no ser por la dimensión colonial. Si la élite británica no hubiera apreciado el valor instrumental del sionismo para sus intereses, nunca se hubieran dado las condiciones para el triunfo de la distopía sionista.
La mutación de Tierra Santa como lugar espiritual —un espacio simbólico y no geográfico— en un proyecto político, ha acabado levantando un discurso que hace de Palestina un lugar tan excepcional, que hace que nadie se atreva a tratarlo con la misma naturalidad que a cualquier otro espacio del planeta. La importancia milenaria de Palestina, las supuestas raíces bíblicas de realidades contemporáneas, la triple santidad de Jerusalén, se han convertido en atrezzos que durante un siglo han escondido lo que no es más que un 'culturicidio', un 'politicidio', y finalmente un genocidio de la sociedad palestina. El peso de lo sagrado y el rompecabezas de la historia, como justificación.
Palestina forma parte de esa inmensidad ocupada en la época contemporánea en Asia, África y Oceanía. Víctimas del saqueo europeo, sus sociedades desarrollaron unas herramientas culturales, políticas y jurídicas de resistencia, que identificamos con el concepto de ‘anticolonialismo’.
Ningún ocupante regaló el fin de su ocupación, y todos utilizaron diferentes argucias para prolongar el control sobre personas, tierras y riquezas. Francia y Portugal decían que Argelia o Mozambique eran demasiado complejas para ser independientes. El problema, en ambos casos, era el de la presencia de un gran número de colonos. Y donde hay colonos, siempre está el problema de su futuro tras la descolonización. Pero nadie justificaría hoy perpetuar la colonización argelina o mozambiqueña por ese motivo.
Ahora volvamos a Palestina, y despojemos nuestra mirada de la cortina de humo de lo sagrado, de la trascendencia de la historia secular, o del redoble de tambores de la complejidad política de Oriente Próximo. ¿Y si Palestina no fuera más que esa región secundaria que fue durante siglos? ¿Y si no fuera más que un país normal, poblado por gente con una relación normal con su tierra?.
Cuando le vemos el truco a un mago, el resto de su espectáculo deja de tener misterio. El mago de este espectáculo es la propia sociedad de colonos, apoyada por la potencia imperial de nuestro tiempo. Y el truco de magia consiste en convencernos de la excepcionalidad de Palestina, articulada en torno a lo sagrado. Separarla del contexto colonial, separando en consecuencia la lucha de liberación de los palestinos del resto de luchas emancipatorias, rasgando el vínculo del pueblo de Palestina con el discurso anticolonial. Se trata de hacernos sentir perdidos y desorientados, como si ante el drama palestino no tuviéramos un libro de instrucciones con el que conducirnos para poner fin a un siglo de acoso a esa sociedad. Distraernos de que el camino a seguir en Palestina debe ser exactamente el mismo que en el resto de Asia, África y Oceanía: el fin del colonialismo.
Nada especial.
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Álvaro Zamarreño es periodista y ha informado sobre Palestina durante dos décadas.

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